theodor
febrero 2, 2012 § Deja un comentario
Sabemos que Adorno se preguntó si era posible escribir poesía después de Auschwitz. Otros se preguntaron si era posible seguir creyendo en Dios. La respuesta típica es que no. Ahora bien, aun cuando ésta sea la respuesta habitual es posible que la verdad esté del otro lado. Es posible que después de Auschwitz todo eso sea posible de nuevo. Y no porque la urgencia de olvidar, la necesidad de pasar página, nos permita volver a escribir poesía o creer en Dios deshonestamente, como si Auschwitz nunca hubiese ocurrido, sino porque eso —escribir poesía, creer en Dios… — nunca fue posible en verdad antes de Auschwitz. Un genocidio es un acontecimiento epocal, un acontecimiento que divide el tiempo en un antes y un después, de modo que todo lo que ha sido hasta entonces puede, sin duda, volver, pero ya no será como antes. Un acontecimiento epocal es un nuevo comienzo. El mundo ya es otro mundo. Aun cuando las cosas sobre el papel siendo las mismas, en realidad ya no son las mismas: todas ellas, desde el hecho de escribir poesía o creer en Dios hasta incluso reír, quedan marcadas por esa imposibilidad que, sin embargo, tuvo lugar. Son en verdad —son afirmación— porque son milagro, porque ocurren donde nada puede seguir siendo, porque son una obsesiva resistencia a un mundo que no admite otra civilización que la que surge de la barbarie. Puede que el cristianismo esté en lo cierto y que no haya más elevación que la de quien ve cómo el suelo cede bajo sus pies. Puede que cualquier otra elevación tenga solo que ver con las posibilidades del hombre y no con las de Dios. Pero sea como sea, después de Auschwitz, la poesía solo cabe como esa palabra que coincide con el silencio, nuestra trivialidad como huida, la fe no ya como creencia, sino como sujeción a un Dios invisible, la sonrisa como piedad… Cualquier otra cosa simplemente no es aun cuando de hecho pase por nuestras manos. Al fin y al cabo, la verdad de lo que decimos o hacemos se revela solo como resurrección. Y es que un resucitado, a diferencia de un alma inmortal, siempre lleva la muerte a sus espaldas.