nietzscheanas 23

abril 24, 2012 § Deja un comentario

Según Nietzsche, los Mill y compañía no fueron lo suficientemente lejos en su explicación de la moral. Su punto de partida —la capacidad de ponernos en la piel de los demás— da por sentado ese sentido de la igualdad que debería, más bien, ser cuestionado para comprender, precisamente, cómo pudo darse algo tan naturalmente extravagante como la moral cristiana. Así, la perplejidad de Nietzsche —cómo fue posible la conciencia, cómo fue posible que la debilidad se convirtiera en virtud— le impide entender esa moral a partir de la igualdad, como si del hecho incuestionable de la igualdad se desprendieran la serie de los compromisos morales. Nietzsche da un paso atrás y se pregunta, más bien, cómo fue posible que la igualdad llegara a ser considerada como un dato natural, como el hecho indiscutible de la vida en común. Cómo fue posible, pues, que el fuerte pudiera empatizar con el débil —que pudiera ponerse en su lugar—. El punto de partida no es, así, la igualdad del género humano, sino el hecho de que el fuerte siente una natural repugnacia por el débil —por su mal olor, su impotencia, su típico ver de reojo—. Nietzsche no contempla la diferencia entre fuertes y débiles —entre la existencia noble y la plebeya— como una diferencia de grado. La contempla como una diferencia cualitativa. La existencia noble es de otra natraleza y, por eso, su límite no puede comprenderse en los mismos términos en que el débil comprende su propia limitación. Para el noble un límite no es en modo alguno un non plus ultra —el sello de una trascendencia inviable—, sino un acicate, un estímulo, una exigencia de transgresión. Así pues, la moral según Nietzsche no se explica por el hecho de la igualdad. El sentido del deber no obedece a que podamos empatizar con un débil que debemos admitir como semejante. De hecho, ocurre lo contrario: es la corrupción de la moral originaria, mejor dicho, la subversión del sentido originario del valor, ese que comprende lo bueno como lo que nos fortalece y lo malo como lo que nos debilita, el que explica el nacimiento de algo tan naturalmente inexplicable como la igualdad. La igualdad se sostiene, por tanto, sobre una gran mentira, sobre una tergiversación de lo elemental. La igualdad nace, en definitiva, de la idea de que hay algo así como una humanidad, cuando lo cierto es que, si la vida no es más que una ciega voluntad de poder, entonces la diferencia entre quien puede y quien no es semejante a la que media entre un hombre invisible y un chimpancé.

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