antropología básica

agosto 19, 2012 § Deja un comentario

De obvio, a veces nos pasamos de largo. Pues, lo obvio es que, en tanto que conscientes de nosotros mismos, no acabamos de coincidir con un determinado modo de ser. Siempre nos encontramos fuera de donde estamos. Por eso no acabamos de ser eso que parecemos ser. Por eso somos un fundamental no ser. O, si se prefiere, la posibilidad de ser algo distinto a lo que circunstancialmente somos. Ser consciente de uno mismo supone contemplar el propio modo de ser como un límite, como una circunscripción. Pero el hecho de experimentar el límite como tal ya nos arroja a la posibilidad de su transgresión, aun cuando esa posibilidad no sea nunca realizada. El simple deseo de ir más allá ya nos sitúa más allá. Aun cuando siempre acabemos deciendo a la presión del instinto o la del temor al castigo, por el hecho de no coincidir con nuestros actos, ya somos los que nos encontramos más allá. De ahí que quienes entienden de estos asuntos digan que el Hombre, así con mayúsculas, carece de esencia. Que el Hombre es, en definitiva, la posibilidad de su transformación o metamorfósis. Ahora bien una cosa es el Hombre y otra los individuos. Y es que, si diferenciamos entre el Hombre y cada uno de los hombres, es porque los hombres, aun cuando estemos arrojados a nuestra posibilidad, siempre permanecemos atados a un determinado carácter, al agujero negro de una impotencia, de un tema por resolver. No en vano los antiguos, antes que Freud, decían aquello de que un carácter es un destino. Como, si al fin y al cabo, los hombres no pudiéramos realizar la posibilidad de ir más allá de nuestro particular modo de ser sin traicionarnos. Sin embargo, el Hombre no se encuentra ligado a las profundidades abisales de una psicología y, por eso mismo, debe realizar eso que puede realizar. Así, supongamos que pudiéramos alcanzar la inmortalidad —que hubiéramos sido capaces de controlar el gen del envejecimiento—. Ningún principio moral impediría que algunos dieran un paso al frente. ¿Qué serían, sin embargo, los hombres de esa nueva era? Ya no serían de los nuestros, aun cuando esa posibilidad, sin duda, pertenece al Hombre. Pues nuestro particular modo de ser permanece ligado a la muerte, a la vida como plazo. De hecho, nosotros pasaríamos a ser algo así como la prehistoria de la nueva raza: algo más que monos, pero menos que hombres. Ahora bien, tengo mis dudas de que esos hombres fueran mejores. Sin muerte —sin un cuerpo que se resista, sin la experiencia del límite que hace posible el conflicto interior y, en definitiva, nuestro interior— esos hombres difícilmente podrían soportarse, difícilmente podrían no coincidir con su beatitud o su voluntad de poder. Ángeles o demonios, pero en cualquier caso otra cosa. Nada que ver con nosotros. El Hombre se encuentra por encima de los hombres. O, por decirlo de otro modo y a diferencia del resto de los animales, los hombres no son una ejemplificación del Hombre. De lo anterior se deduce que los sueños que conciben un más allá de almas inmortales —los sueños que ubican en otro mundo lo que cada vez más es una posibilidad de nuestro mundo— no tienen que ver con nosotros, aun cuando sean nuestros sueños. No es causal que el cristianismo no conciba otra redención que la de la carne. Pues la muerte va con el redimido o esa redención no es para nosotros.

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