la enfermedad espiritual de nuestro tiempo
abril 4, 2013 § Deja un comentario
Nuestra situación ante Dios es la de quienes, a la hora de invocarle, no pueden evitar la sospecha de que esa invocación solo tiene que ver con ellos. La oración ya no puede ser ingenua. Quien se dirige a Dios, habiendo dejado atrás su infancia, tiene que preguntarse, mientras se arrodilla, qué es lo que en verdad está haciendo. Así decimos que la oración no es más —no obedece a otra cosa— que a nuestra necesidad de amparo. Esto es lo que ocurre cuando la realidad del mundo se comprende como una función de nuestras capacidades intelectivas. El problema del sujeto moderno es que no puede situarse ante la alteridad como tal. Nada otro hay en verdad otro para un yo que se comprende a sí mismo, aunque no sea con la claridad de un Descartes, como el fundamento de la experiencia misma de lo real. De ahí que muchos intenten salir de esta situación diciendo aquello de «para mí Dios existe». Pero flaco favor le hacen a la causa de la fe quienes dan por hecho que la realidad de Dios se decide enteramente en el campo se la subjetividad. Esta defensa de Dios constituye de hecho una prueba ad contra: el ateísmo militante no puede menos que aplaudir a aquellos para los que Dios es un asunto privado. El cristianismo necesita una nueva apologética. Ahora bien, ésta no puede consistir en demostrar nuevamente la existencia de Dios. Pues, como sabemos, un Dios que existe no puede valer como Dios. Una nueva apologética debe desmarcarse de la concepción científica de la realidad, según la cual no hay más que hechos. Y es que, probablemente, toda reflexión seria sobre lo real acabe por constatar que no hay otra realidad —otra alteridad— que la que está por ver.