la explicación del mal en las catequesis cristianas

abril 13, 2013 § Deja un comentario

La típica manera de explicar cristianamente el mal es atribuyéndolo al hombre. Así, lo que suele decirse por las catequesis parroquiales es lo siguiente: en lo más profundo del hombre habita una chispa divina —en lo más profundo de sí mismo, el hombre es bondad—, pues el hombre fue hecho a imagen de Dios; pero el hombre quiso ser como Dios y no solo participar de la vida de Dios; esto es, el hombre quiso negar a Dios, ocupar su lugar, y ésta es la raíz del mal. Hay mal porque el hombre, en el fondo, no desea vivir como criatura de Dios. Como cualquiera puede ver, las catequesis cristianas aquí no hacen otra cosa que seguirle la pista al relato del Génesis. Y, en principio, no hay nada que objetar. Ahora bien, el inconveniente de esta explicación no reside en el relato propiamente dicho, sino en cómo, por lo común, se entiende o interpreta. Y, así, por lo común, los catequistas entienden que de lo que se trata, al fin y al cabo, es de desprenderse de la costra que encubre nuestra chispa divina para que acabe brillando la luz de Dios, como quien dice. Es decir, de lo que se trata es de aprender a ser buena gente. Como si la desobediencia originaria fuera simplemente un error que puede enmendarse haciendo lo debido. Desde esta óptica, la redención no sería más que una enseñanza, una iluminación, y Jesús, consiguientemente, un maestro ejemplar. Sin embargo, el relato del Génesis es más profundo que lo dado a entender por esta lectura, tan próxima, por otra parte, al gnosticismo como al pelagianismo. Pues la Biblia no entiende el gesto de Adán como un error, sino como un querer, una voluntad. Adán quiere ser como Dios. Dejando al margen el detalle de que es Eva la que inyecta en el corazón del hombre la voluntad de apartarse de Dios, lo cierto es que el hombre es arrojado al mundo como el que existe de espaldas a Dios, como el que no quiere seguir siendo la criatura que originariamente fue. El hombre, pues, nace para sí mismo como ateo. El ateísmo, la negación de Dios, va con el hombre. El orgullo —el espíritu de la rebelión contra Dios— se le ajusta como una segunda piel, de tal modo que incluso el hombre de vida elevada no puede evitar, en lo más recóndito de sí mismo, enorgullecerse de esa humildad que alcanza a golpe del martillo ascético.

Ahora bien, ¿qué decir de esa bondad originaria? ¿Qué era el hombre mientras habitaba como criatura de Dios? ¿Un osito bueno? ¿Un koala? La bondad no es una posibilidad del hombre donde el hombre sigue siendo simplemente una criatura de Dios. Con otras palabras, el hombre no puede ser bueno, mientras el mal no sea una posibilidad. Como decíamos antes, el relato del Génesis es más profundo de lo que parece. Pues, Adán y Eva ya han desobedecido a Dios, en el instante en que comprenden la prohibición de Dios, aquélla que les impide comer del árbol del Bien y el Mal. Si comprenden, comprenden, precisamente, que lo bueno es obedecer a Dios. No pueden admitir la prohibición de Dios sin comer el fruto del árbol de la ciencia. Dios arroja al hombre al mundo —lo crea, en verdad, como hombre— en el momento en que le da esa Ley que no puede cumplir sin transgredirla. El mandato imposible de Dios hace al hombre. Pero el mandato de Dios, conviene subrayarlo, es imposible, no porque simplemente se imponga como un ideal que excede las fuerzas del hombre, sino porque es, en sí mismo, una cinta de Moebius. El hombre existe, pues, en el bucle infinito de Dios. El hombre no puede admitir la voluntad de Dios sin desobedecerle. O, por decirlo de otro modo, solo como culpable, el hombre puede encontrarse sometido a la voluntad de Dios. Si el hombre puede querer a Dios es porque, en lo más profundo de sí mismo, ha negado a Dios.

Ahora bien, por eso mismo, quien entiende el relato del Génesis, entiende que la voluntad que niega a Dios, en última instancia, responde a la voluntad misma de Dios. Dios quiso que el hombre le negase. Y si Dios quiso esto es para que el hombre pudiera vivir libremente como entregado a la voluntad de Dios; para que el hombre pudiera responder a Dios, para que en definitiva, pudiera salir de sí mismo, convirtiéndose en rehén del hermano. La negación de Dios es, en realidad, de Dios. Desarrollar estas implicaciones exija posiblemente otro espacio. Pero sea como sea, lo cierto es que Dios no puede ser para el hombre, si el hombre habita el mundo únicamente como criatura de Dios. Dios solo puede darse al hombre, si el hombre existe como el apartado de Dios. No obstante, si el hombre existe como aquel que en nombre de Dios —en lo más íntimo de sí mismo— debe negar a Dios ¿cómo entender, entonces, aquello de la chispa divina originaria? Ciertamente, es aquí donde el relato de Génesis alcanza una profundidad antropológica inigualable. Pues, negar a Dios no es tanto encubrir la chispa divina, sino sepultarla en las profundidades abisales de la existencia, de tal modo que ya no podamos admitirla como propia… sin desobedecer a Dios. No en vano Freud fue judío. Y es que fue Freud quien dijo entre nosotros que el hombre nace donde niega profundamente su principio. Que si el principio reclama sus derechos —si el principio no es tanto un hecho, sino lo que debe acontecer— es, precisamente, porque tuvo que ser negado para que pudiéramos existir para nosotros mismos. La chispa divina —la bondad primordial de Dios— no es, por consiguiente, sustancia, sino por-venir, aquello eternamente pendiente de la existencia, la realidad misma del hombre (que no su esencia o condición), si es que lo real es lo que siempre queda por ver en lo visto. La bondad de Dios es por-venir en tanto —y solo en tanto— que amenaza con aparecer de nuevo. El porvenir de Dios solo puede darse, al fin y al cabo, como regreso de Dios en el hombre, esto es, como reconciliación. De ahí que la redención no pueda entenderse como una posibilidad moral del hombre. La redención es la posibilidad misma de Dios. El hombre solo puede ser criatura de Dios donde recupera, por mediación de la Gracia, esa condición. Y de ahí a decir que Dios arrojó al hombre al mundo para poderse darse en el hombre hay un paso. La Encarnación —la entrega de Dios— es el destino mismo de Dios. Dios arrojó al hombre para ponerse en sus manos. El mal es, sin duda, un misterio, el misterio que va con el misterio mismo de Dios. Será por eso que de Dios, al igual que de nosotros mismos, seguimos sin tener ni idea.

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