mis conversaciones con Alicia (2)

abril 23, 2013 § Deja un comentario

Se nos dio la muerte para que pudiéramos tener vida. Si fuéramos a vivir para siempre ¿qué valor tendría nuestra vida de ahora? De ahí que la muerte no solo sea un límite físico, sino también moral: aun cuando pudiéramos, no deberíamos eliminar la muerte. Porque hay muerte, la vida puede ser vivida como don. Sin duda, no podemos desear la muerte, pero sí aceptarla, quererla. De ahí, que la fe judía se resistiera visceralmente a creer en la inmortalidad del alma. Pues un Dios de vivos, va con la muerte, mejor dicho, con la muerte justa. La muerte es una maldición ambivalente. La ira de Dios no es su última palabra. Con la ira va la posibilidad de la redención. Mal favor le hacen a la fe quienes dan por hecho, en nombre de esa misma fe, que no hay en verdad muerte. La fe en ese caso deja de ser un permanecer en el misterio para convertirse en mero supuesto. La muerte nos pertenece como aquello de lo que depende nuestra humanidad. La muerte es el non pus ultra de la existencia humana. Puede, sin duda, que haya más allá. Pero ese más allá ya no tendrá que ver con nosotros, hombres y mujeres que van con su cuerpo. A menos que Pitágoras tenga razón y no seamos otra cosa que espectros que purgan su mugre en la prisión de la materia. Pero en ese caso, la vida no es más que un campo de pruebas, en modo alguno, una dádiva.

Los comentarios están cerrados.

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo mis conversaciones con Alicia (2) en la modificación.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: