teo-lógica
octubre 10, 2013 § Deja un comentario
Todo es. Pero el hecho de que algo sea no es visible como pueda serlo un árbol o una piedra. El árbol y la piedra son porque lo que vemos del árbol o la piedra se sostiene sobre lo que en modo alguno podremos ver en el arbol o la piedra, a saber, el hecho mismo de que aparezcan, de que se hagan presentes ahí, frente a nosotros. Vemos la manifestación sensible de lo real, pero, si esto es posible, es porque no cabe ver el hecho mismo de manifestarse. Si lo real es lo enteramente otro —y si lo real se da sensiblemente de un modo u otro—, entonces lo real se da —se pone de manifiesto, se hace presente— solo en la medida que en sí mismo, esto es, en tanto que otro, no se da. El carácter otro de lo real es, precisamente, lo dejado atrás en su hacerse presente. Y es que de lo real solo percibimos lo que puede admitir nuestra sensibilidad y, por definición, esto no puede ser nada en verdad otro. La alteridad de lo real solo se da como eso que se da por supuesto —por cierto— en nuestra captación sensible de lo real, aun cuando este dar por supuesto no sea el propio de quien defiende una hipótesis. Al contrario, se trata de un dar por supuesto que no puede ser refutado por encontrarse inscrito en el acto lingüístico de decir algo de algo. De ahí que la realidad como tal solo pueda ser pensada. O, por decirlo de otro modo, la realidad como tal solo aparece en la reflexión sobre el lenguaje. Pues bien, con respecto a Dios, la tradición occidental sostiene, de un modo u otro, que propiamente solo Dios es. Sin embargo, raramente extrae las consecuencias de dicha afirmación. Pues, en verdad, solo podemos decir que Dios es el que es en tanto que Dios, como tal, no se pone de manifiesto, o, por decirlo en bíblico, no se hace presente. En este sentido, Dios, como lo real, es lo que tuvo que ser dejado atrás para que fuera posible el mundo. Ahora bien, por eso mismo, Dios, como lo real, es lo que, en definitiva, debe ser… y no puede ser sin que cese el mundo.