nietzscheanas 34

abril 4, 2014 § Deja un comentario

Nietzsche dejó escrito, como sabemos, que donde Dios ha muerto no cabe el valor. Pues la vida solo vale en tanto que representa lo que vale en verdad. Y nada vale en verdad que no esté por encima de nuestras cabezas. La muerte de Dios es una catástrofe. La catástrofe es literalmente la caída del cielo sobre nosotros, los hombres. Sin embargo, lo que quizá no vio Nietzsche es que la catástrofe tan solo afecta al dios del que podemos hacernos una imagen, al dios del mito o, si se prefiere, al dios de un cristianismo reconvertido en mito. El Dios bíblico en cambio vive en medio de la catástrofe, en tanto que los tiempos de Dios son siempre tiempos finales, últimos. En verdad, la fuente bíblica del valor es, precisamente, la desaparición —la muerte— de Dios. Pues para el creyente, no hay nada más sagrado que el pobre que sufre en carne viva esa desaparación. Porque no hay dios que valga por encima de nosotros —porque no cabe esperar la intervención del deus ex machina—, somos exigidos infinitamente por quien representa la realidad en falta de Dios. De ahí que bíblicamente, lo sagrado solo pueda revelarse bajo la forma de un mandato insoslayable, bajo el aspecto de una Ley esculpida en piedra. Y más allá de esto no hay nada de lo que podamos hacernos una idea.

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