hermeneia

mayo 22, 2014 § Deja un comentario

Quizá la clave de la comprensión de los textos antiguos no resida en lo que podamos tener en común con ellos, esto es, en lo que aún podamos decir igualmente, aunque sea de otro modo, sino al contrario: en lo que ya no podemos seguir diciendo, en lo incomprensible, en aquello que ha sido definitivamente dejado atrás, en las pérdidas. El valor de lo dicho quizá resida en el hecho de que ya no pueda ser dicho y quizá, en un sentido que se nos escapa, deba ser dicho. Solo así, los clásicos pueden seguir asombrándonos. O, por decirlo con otras palabras, solo así su extraña verdad puede pertenecernos como lo más íntimo. El valor de la Antígona tiene que ver, y no secundariamente, con el hecho de que ya no podamos escribir tragedias como Sófocles. Algo parecido podríamos decir con respecto al valor de los textos bíblicos. En este sentido, es muy posible que la verdad de Dios solo pueda tener lugar donde ya no seamos capaces de pronunciar su nombre.

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