el creyente

noviembre 4, 2017 Comentarios desactivados en el creyente

La sentencia de  Karl Rahner es aún muy citada en los corrillos cristianos que se preocupan por la posibilidad de la fe hoy en día: “el cristiano del futuro (de hecho nuestro presente) o será místico o no será”. Con ello Rahner apuntaba a la necesidad de que la fe reposara en una experiencia de Dios y no solo en lo que, socialmente, se da por descontado. Pues resulta obvio que uno actualmente, a menos que forme parte de una secta, no puede ser cristiano por defecto. Sin embargo, podríamos preguntarnos si una experiencia cristiana de Dios, está al alcance de cualquiera, incluso en el caso de que busque honestamente a Dios. Creer no es simplemente suponer que hay Dios, como podamos suponer que existen los zombies. Como tampoco cree quien se limita a defender los valores cristianos con la excusa de Dios. Un creyente es aquel que se encuentra sometido por entero a la voluntad que desprende de un Dios crucificado. Y esto no parece que sea posible, a menos que aquel que cuelga de una cruz te saque del quicio del hogar. La vida del creyente es una vida excesiva para cualquiera que conserve un mínimo de sentido común. Su yo se encuentra, literalmente, fuera de sí. Un creyente no se pertenece a sí mismo, sino a aquel a quien le debe la vida, al fin y al cabo, la redención. Su libertad es la de quien obedece a un mandato incondicional, no la de quien puede elegir entre diferentes marcas. Quizá el cristianismo de hoy en día, si quiere volver a ser inteligible, haría bien en partir de la discontinuidad entre el creyente y el resto. Cuando menos, porque la desaparición de la cristiandad, más que arrojarnos en brazos de la mística, nos invita a recuperar los orígenes. Y en los orígenes, la fe de la mayoría reposaba sobre la fe y las obras del testigo. Tan solo la vida del testigo, al soportarla, encarnaba la verdad de Dios. Nuestra fe es la fe del crucificado, la de quien se entrega a un Dios que le abandona en el momento crucial. Él, por decirlo así, creyó por nosotros. A él le debemos nuestra poca fe. Pues, cristianamente, no hay otro Dios que aquel que aún no es nadie sin su identificación con el que fue crucificado en nombre de Dios. No cabe otra presencia de Dios que la de un Dios crucificado. Un cristiano vive en, del y por el espíritu de un Dios cuyo quien fue colgado de una cruz como un resto del hombre. Nuestra experiencia de Dios, de darse, es indisociable de nuestra comunión con Jesús de Nazareth, la cual solo es posible hoy en día, como siempre, a través de los que viven como él. En este sentido, no es casual que el cristianismo originariamente no se comprendiera a sí mismo en los términos de una experiencia inmediata de Dios, la cual solo puede darse como la de un Dios en falta, sino en los de una verdad, y una verdad revelada, precisamente, por cómo murió aquel que creía contar con el apoyo de Dios. La experiencia de los cristianos de a pie es inseparable de la del testigo de Dios. Ciertamente, la fe no es conocimiento —o no solo—, sino también confianza. Sobre todo confianza. Pero regaríamos fuera de tiesto, si diéramos por sentado que la confianza del cristiano de a pie en Dios se sostiene sobre sus rectas espaldas.

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