mente y cuerpo

noviembre 16, 2017 Comentarios desactivados en mente y cuerpo

Una vez alcanzamos un alto grado de conciencia resulta inevitable ver nuestro cuerpo —nuestro instinto, incluso nuestro deseo más o menos elemental— como un injerto con el que hay que pactar. Estamos en un cuerpo, con sus alegrías y sus penas, pero la verdadera vida está ausente, como decía Rimbaud. Habitamos un cuerpo, un cuerpo que en muchas ocasiones se revela como un zulo, pero en tanto que arrancados de lo real no somos el cuerpo que habitamos. El dualismo platónico entre el alma y el cuerpo, en el fondo, apunta a la situación que define la existencia, precisamente, como un hallarse fuera de sí. Es lo que tiene una vida examinada: que, estemos donde estemos, no acabamos de encontrarnos. Vivimos como los que fueron arrojados al mundo. Cualquier arraigo es, en última instancia, un malentendido. Un mono que no se reconoce a sí mismo es algo más que un mono o, cuando menos, no cabe comprender su modo de ser, su naturaleza, como podamos entender la del mono. Con todo, es cierto que sin cuerpo, no hay nada con respecto a lo cual extrañarse. Por consiguiente, no parece que pueda haber yo donde no haya cuerpo. Quizá Aristóteles tuviera razón al decir, frente a Platón, que sin un cuerpo con respecto al cual tomar distancias no hay alma, no hay propiamente yo. El diferir, por defecto, supone un con respecto a. En cualquier caso, el yo, en tanto que difiere de sí mismo, es un lobo solitario, un yo en estado de suspensión. La alteridad es para él una falta, una ausencia. Cuando menos, de entrada. De ahí que la redención del lobo solitario dependa del rostro que, inesperadamente, quiebra el muro de su ensimismamiento, de su para sí. Ningún cuerpo, es capaz de reconocer una genuina alteridad. Un cuerpo tan solo admite lo que pueda ser ingerido, asimilado y, en última instancia, excretado. Aun cuando disfrute de lo que come. El alma, en cambio, se pierde en la posesión. Pues el dominio de sí al que aspira el alma no puede completarse sin aceptar la propia impotencia frente a quien la invoca. Al fin y al cabo, un yo existe como quien tiene pendiente un cara a cara.

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