los reyes son los padres

noviembre 18, 2017 Comentarios desactivados en los reyes son los padres

El punto de partida de las nuevas espiritualidades es, en el fondo, simple: nos hemos hecho mayores y ya no podemos seguir creyendo en los reyes magos. Esto es, en vez del Dios personal del viejo teísmo, una divinidad oceánica. Con esta aún podemos tragar, sostienen sus mentores. Como decía Antonio Badía, teólogo críptico y, sin embargo, incisivo, deberíamos dejar a un lado la imagen de Dios como Padre y hablar de energía inalcanzable. Podemos discutirlo, cuando menos porque ya no vemos —ya no podemos ver— las cosas de Dios, si es que llegamos a verlas, como pudieron hacerlo los antiguos. Pero lo cierto es que la pregunta acerca de qué lenguaje deberíamos utilizar hoy en día para expresar la experiencia de Dios es irrelevante, si parte de nuestra necesidad de Dios. En el fondo, no se trata de contrastar puntos de vista, pues Dios no admite, estrictamente, una visión. Y no porque sea el invisible, que también, sino porque el principio y fundamento de nuestra relación con Dios no reside en la posibilidad de captarlo, aunque sea siempre relativamente o hasta cierto punto, sino en el hecho de ser vistos por Dios. Este es el punto de partida y no lo que nosotros, hinchados de modernidad, aún seamos capaces de creer o suponer con respecto a la trascendencia de Dios. Y es que en el momento en que somos alcanzados por el desencajado rostro de Dios —aquel que nos mira colgando de una cruz—, cuanto pudiéramos haber creído acerca de Dios, salta por los aires. Si Dios es el enteramente otro, entonces Dios es el resto invisible que ningún paradigma puede integrar. O por decirlo con otras palabras, la anomalía, la pieza que un marco conceptual en modo alguno logra colocar en el puzle. Ciertamente, el kerigma cristiano recurrió al lenguaje disponible. Pero solo para obligarle a decir lo que ese lenguaje era incapaz de aceptar, a saber, que Dios se sacrifica por los hombres. Evidentemente, estamos lejos de la divinidad oceánica o de la energía inalcanzable. Dios puede que en sí mismo sea incomensurable. Pero lo decisivo, para escándalo de la típica sensibilidad religiosa, es que Dios vino a por nosotros, por decirlo así. Es lo que tiene que Dios sea un quien y no un que. Ahora bien, Dios es un quien, no porque se trate de un fantasma paternal, sino porque Dios, en verdad, es un Dios que, hasta el acontecimiento del Gólgota, tuvo pendiente, precisamente, su quien. Tras la caída, Dios es un Yo que aún no es nadie sin el fiat del hombre, fiat que, sin embargo, el hombre solo puede pronunciar como abandonado de Dios. Sencillamente, la confesión cristiana no dice otra cosa —o no dice otra cosa que no proceda de esta— que la siguiente: el crucificado es el quien de Dios. Estamos ante algo sin duda intragable para las tragaderas religiosas. Pues un Dios no puede morir como un apestado de Dios. De ahí que el Dios cristiano no sea homologable. Y de ahí también que lo primero con respecto a Dios no sea la imagen, sino la voz. No es lo mismo. La imagen exige una visión. La voz, en cambio, una escucha. Con la imagen podemos mantener una debida distancia. No así con la voz que nos re-clama en medio de la oscuridad. De Dios no podemos ver nada que no sea un crucificado en nombre de Dios. Por consiguiente, lo primero con respecto a Dios es el clamor que nace de las gargantas de la sed, el llanto de los sin Dios. No se trata, por tanto, de ver, sino de responder. Como dijera Israel a pie del Horeb: primero obedeceremos y luego ya veremos. Cualquier visión —cualquier discurso sobre Dios— que no reconozca la primacía de la mirada de un Dios crucificado y, en consecuencia, nuestro ser puestos en cuestión, tarde o temprano termina en un no saber de lo que estamos hablando. Si el Dios bíblico sigue siendo actual, no es porque aún sea posible una actualización —una reducción adaptativa—, sino porque su carácter disruptivo es atemporal. Cuanto podamos actualizar de Dios no tiene que ver con Dios, sino con nosotros, con nuestra necesidad de un amigo invisible. Tan solo hay que saber leer los textos fundacionales. Tanto hoy como antiguamente, un creyente es aquel que tiene su yo fuera de sí, aquel que ha sido arrancado del hogar. Dios no es sin el hombre. Pero del mismo modo que, sin Dios, el hombre es ese espectro que va dando tumbos por el mundo, ignorando con quién está en deuda.

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