meditaciones cartesianas 13

febrero 10, 2018 Comentarios desactivados en meditaciones cartesianas 13

El dualismo entre cuerpo y alma, tal y como lo entiende Descartes, expresa la dificultad, si no la imposibilidad, de que podamos comprendernos a nosotros mismos a la manera de los antiguos, a saber, como aquellos que creen formar parte de un todo con sentido. En un mundo que no admite otra certeza que la formulable matemáticamente, cualquier experiencia de sentido deviene subjetiva y, por eso mismo, relativa a un punto de vista. El yo como tal queda fuera de un mundo objetivo y, por eso mismo, extraño. Un mundo objetivo es, literalmente, un mundo que se enfrenta a una conciencia que no puede evitar contemplarlo como espectáculo. El extrañamiento del yo se corresponde, pues, con el del mundo. Incluso donde el yo se identifique con un personaje de, pongamos por caso, la historia de la emancipación, siempre permanecerá en él la sospecha de que quizá esa identificación no deje de ser su ficción. El sujeto moderno, en cuanto tal, tiene muy difícil esto de tomarse en serio su papel. En el mejor de los casos, su subjetividad será irónica. Esto es, su sinceridad será en cualquier caso, la del buen actor, pero no ya la de aquel que, de entrada, se enfrenta al exceso de una alteridad avant la lettre. Creerá que cree, pero no creerá. Pues creer es, en definitiva, confiar en un otro que, como tal, siempre se encuentra más allá de sí mismo. Quien cree en el otro no es más que su respuesta a la demanda que nace, precisamente, de esa falta de ser con la que el otro interrumpe la continuidad del tiempo diario. Y lo primero para el sujeto moderno no es el exceso del otro, sino su preocupación por una verdad incuestionable. Tampoco es causal que Descartes no pueda resolver, desde los presupuestos de la duda metódica, el problema del solipsismo. En este sentido, resulta sintomático que no pueda haber certeza alguna acerca de la existencia de las otras mentes. El otro es, para quien aspira a una certeza apodíctica, su representación del otro, en modo alguno el prius de la propia existencia. El centro de la subjetividad moderna es la certeza de sí y no la realidad de una alteridad en falta. Y ahí reside su error, por decirlo así. Pues lo cierto es que existimos como aquellos que, al menos inicialmente, sufren en lo más intimo la falta de alguien enteramente otro. El ejercicio de la duda metódica solo es posible en un sujeto impermeable a la desmesura de la ausencia de una alteridad radical, un sujeto que desprecia, en su búsqueda de una certeza epistemológica, la certeza existencial de quien vive como arrancado. Si lo primero es la representación —si la certeza tan solo puede darse como adecuación incuestionable entre un contenido mental y los hechos—, entonces no puede haber nada en verdad otro. O la alteridad es, como decíamos, el prius de la existencia, o no puede valer como tal, esto es, como lo esencialmente inasimilable, indigerible del otro. De ahí que el mundo siempre se le presente al sujeto moderno como un mundo que no podrá desprenderse de la sospecha de lo virtual. Con todo, la escisión entre el cuerpo y el alma supone que aun cuando podamos imaginar que nuestro modo de ser es una ficción, como ocurre con los personajes de Black mirror, el yo puro, por decirlo así, el yo que continuamente difiere de sí mismo, siempre permanecerá fuera de su mundo, sea o no irreal. Lo dicho: existimos como arrancados. Como si no fuéramos de este mundo. Y quizá esto, de algún modo, siempre haya sido así. Pero a diferencia del sujeto de la Antigüedad, el sujeto moderno no podrá comprender su extrañamiento del mundo como el signo de su estar esencialmente referido a alguien enteramente otro.

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