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febrero 20, 2018 Comentarios desactivados en back to basics

El monoteísmo bíblico no es una religión entre otras. La distinción mosaica entre el Dios verdadero y el falso dios no puede entenderse como si solo estuviera en juego el referente de la palabra “Dios”. Como si para unos Dios, como ser omnipotente, fuera Osiris o Baal y para otros Yavhé. En la Biblia, Yavhé no es el referente del concepto general de Dios. Y esto por sí solo ya es sintomático de por donde van los tiros. De hecho, la idea de que las diferentes religiones son en el fondo diferentes modos de aproximarse a una y la misma divinidad es una tesis pagana. No es casual que Yavhé no sea propiamente el nombre de Dios, sino Dios mismo como nombre. Y lo que esto significa es que Dios en verdad es el nombre que tiene pendiente su quien. Yo soy el que soy (o el que seré) le responde Dios a Moisés, cuando este le pregunta en nombre de quién tendrá que dirigirse al faraón. El Dios de Abraham —el Dios de los profetas— no se revela como un dios al uso. O por decirlo con otras palabras, la experiencia creyente de Dios no es homologable a la que espontáneamente tenemos ante el exceso del mundo o el fenomeno paranormal. En este sentido, el libro de Job resulta muy significativo. El Dios que se revela a Job es un Dios que se encuentra fuera de campo, por decirlo así. De hecho, las objeciones de los amigos de Job son perfectamente razonables desde la óptica del homo religiosus, la de quien da fácilmente a Dios por descontado. Al fin y al cabo, la crisis de Job es la del devoto: Job cumplía con sus deberes religiosos… y a pesar de ello cae en desgracia. Es comprensible que no entienda nada. Ahora bien, sin la crisis de nuestros supuestos acerca de Dios, no hay revelación que valga. De ahí que la palabra apocalipsis signifique tanto revelación como catástrofe. Como si no fuera posible encontrarse cabe Dios hasta que los cielos no caigan sobre nuestras cabezas. Dios en verdad no es el arkhé de la filosofía o la teología natural. Pues desde esta óptica fácilmente entendemos por arkhé algo así como el fondo nutricio del cosmos o el fundamento de cuanto es. Y la realidad de Dios no es la de la substancia. Ciertamente, todo depende de Dios. Pero no porque Dios sea algo que sostiene cuanto es, sino porque todo se encuentra atravesado del espíritu de Dios. Y bíblicamente esto del espíritu de Dios no se entiende como si hablásemos de la fuerza de la gravedad, una fuerza que, aun cuando sea invisible, podemos de algún modo medir. El espíritu de Dios es un testamento, literalmente, lo que Dios nos deja tras su des-aparición, por decirlo así. Es por el espíritu de Dios que permanecemos en la esperanza de Dios. El todo se sostiene en Dios no porque Dios sea substancia, sino porque todo es debido a Dios. Todo nos ha sido dado desde el paso atrás de Dios. Tanto la luz como la oscuridad obedecen a una y la misma trascendencia. Y así, el mal no es tanto ausencia de bien, como el otro lado del bien. Hay mal por la misma razón que hay bien (Is 45,7): porque Dios se encuentra fuera del todo como lo que el mundo tiene pendiente, en definitiva, como su promesa o por-venir. Con respecto a Dios, el todo es el aún no-todo. Por eso decimos que el relato de la caída es fundamental para comprender nuestra situación con respecto a Dios. En tanto que existimos como arrojados al mundo somos quienes echan al enteramente otro en falta, aun cuando lo ignoremos (y lo ignoramos sobre todo donde cubrimos el hueco de Dios con nuestras imágenes de Dios). El hombre no sabe quién es mientras no sepa quién es su Padre. Así, no debería extrañarnos que bíblicamente tan solo los que no parecen contar para Dios sean, en realidad, los únicos capaces de Dios. Un creyente no es simplemente alguien que supone que hay Dios como otros puedan suponer que el Yeti existe, sino aquel que su modo de ser es su creer —su confiar— en la promesa de Dios, en el doble sentido del genitivo. Y si ese creer es confianza y no solo una mera conjetura es porque, como tal confianza, solo tiene sentido en medio de un compromiso con aquellos con los que Dios se identifica, los huérfanos de Dios. Es por esto que decimos que un creyente es aquel que se encuentra por entero sujeto a la voluntad de Dios, al mandato que se desprende de un Dios trascendente hasta la ausencia. Ahora bien, la voz insoslayable de Dios —la que nos convierte en rehenes del hermano— es la que nace de los estómagos del hambre. El creyente, al fin y al cabo, confía que, en nombre de Dios, su obediencia no caerá en saco roto. Algo, ciertamente, difícil de creer viendo como va el mundo. De ahí que, como dijera Kafka, haya esperanza, pero no para nosotros, los que aún confiamos en nuestra posibilidad.

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