amor e historia

febrero 21, 2018 Comentarios desactivados en amor e historia

Diría que regamos fuera de tiesto donde damos por sentado que el amor es algo así como un chute emocional. Como si amar fuera lo mismo que poner los dedos en un enchufe. Sin embargo, los tiros del amor no van por ahí. Ciertamente, quienes se aman permanecen, como quien dice, conectados. Pero su conexión no es la de la coincidencia paradigmática como en el caso de la cenicienta y su príncipe. De hecho, este tipo de conexión nunca se da entre hombres y mujeres de carne y hueso, sino entre sus imágenes, sus máscaras. Estricta ilusión. De ahí que la conexión, de darse, solo tenga lugar en las etapas finales de un trayecto. Podríamos esbozar una fenomenología del amor del siguiente modo: primero la ficción, el mito; luego el desencuentro, cuando menos porque utilizamos las mismas palabras, pero no decimos lo mismo; finalmente, en el mejor de los casos, la reconciliación, el perdón. Y, sin duda, nada garantiza que lleguemos al final de etapa. No es casual que el cristianismo, ya desde sus orígenes, diferenciase entre eros y agape. En este sentido, el cristianismo es un antimito. El amor exige, como los buenos vinos, un tiempo de maduración. Por eso, el amor solo puede ser contado. Los amantes se encuentran, no se funden. Pues, a diferencia del encuentro, en la fusión desaparece la distancia de la alteridad. Y no hay amor propiamente donde no hay encuentro. Consecuentemente, si Dios es amor, entonces la experiencia de Dios solo puede ser narrada. Dios es la historia de Dios. Nada que ver con quienes dan por descontado que Dios es una especie de enchufe al que deberíamos conectarnos.

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