los raros

marzo 4, 2018 Comentarios desactivados en los raros

La sociedad tolerante hace de nuestra inicial incapacidad de amar una incapacidad legítima. No es causal que el amor sea hoy en día el tema de muchos. Nuestro tiempos fantasean con el amor. Y uno fantasea con lo que le falta. Pues el efecto lateral de colocar la libertad en el centro de la vida política y personal es el de la devaluación de la fidelidad. Nadie o casi nadie quema las naves por nadie (o por nada). Así, el amor, en tanto que reducido a sentimiento más o menos intenso, deviene una opción entre otras como la ropa que nos ponemos encima. El individuo de la sociedad tolerante no se comprende a sí mismo en relación con su compromiso (o lo tiene muy difícil). Pues no hay compromiso que no obedezca a un mandato que viene de lo alto, como quien dice. Y la obediencia tiene, hoy en día, mala prensa. Ciertamente, no cualquier obediencia vale como expresión de una genuina libertad. Pero eso no quita que la libertad, más allá de un poder hacer lo que uno desea, sea inseparable de un atarse al mástil, al menos durante un largo trecho. En realidad, la libertad en relación con el propio deseo no deja de ser un simulacro. Al fin y al cabo, nadie elige su propio deseo. Un deseo es un implante y un implante con fecha de caducidad. No hay que haber acumulado mucha experiencia para saber que el deseo desparece cuando logramos cuanto deseamos. No ocurre lo mismo con lo que amamos. Pues, con respecto a lo que reclama nuestra entrega, cuanto más cerca, más lejos. No hay amor sin vasallaje. De hecho, siempre fue más o menos así. Desde Platón, la libertad como elevación —como obsesión por lo que nos supera— no tiene expresión política, salvo utópicamente. Esto es, no es posible que una sociedad tolerante esté integrada por amantes. Una sociedad que colocara en el centro de la vida política lo que debe ser amado o buscado —una sociedad que tan solo admitiera una concepción de la vida buena— terminaría siendo, a nuestros ojos, una sociedad tiránica. Sin duda es preferible políticamente una sociedad tolerante a otra que no lo sea. Pero el precio que tenemos que pagar por ello es el de un adelgazamiento del sujeto. La libertad de una sociedad tolerante es, sencillamente, la del consumidor. De ahí que tan solo unos pocos pueden llegar a ser lo que aman. Pero, porque su compromiso carece de legitimidad epistemológica, por decirlo así, es fácil que los veamos como talibanes. O al menos, como unos raritos.

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