la discontinuidad

marzo 7, 2018 Comentarios desactivados en la discontinuidad

Para una sensibilidad religiosa, esto de la vida va de un tener que conectarnos a la fondo nutricio del cosmos como quien pone los dedos en un enchufe, es un decir, para cargarse de energía, se supone que positiva. Como si al fin y al cabo todo fuera cuestión de saber hacerlo o de tener la suficiente paciencia. Pues la conexión cuesta (o está cuesta arriba). Da igual si hablamos de una inmolación en el altar de la divinidad de turno, como en la Antigüedad, o de una ascesis, una dieta espiritual. En cualquier caso, hay que pagar un precio, hay que sacrificarse. No tengo claro que los tiros cristianos vayan por ahí, a pesar del aire de familia. Pues, lo que confesamos cristianamente es que, del lado del hombre y con respecto a Dios, no hay nada que hacer, salvo responder a la caída libre de Dios, a su sacrificio. Si somos capaces de Dios, de aquel otro que no es nadie sin la entrega del hombre, no es porque propiamente seamos capaces, sino porque la cruz nos ha hecho capaces o, si se prefiere, ha restaurado nuestra capacidad originaria, anterior a la caída. Hay una discontinuidad —un hiato— entre el esfuerzo religioso del hombre y Dios, discontinuidad que no podemos superar con nuestras propias fuerzas. El beso que Francisco de Asís le da al leproso no es el éxito, literalmente la salida de sí, del hombre de Dios. La intención de Francisco fue honestamente religiosa. Él quería, sin duda, vencerse a sí mismo en nombre del Dios que se la hacía presente en el cuerpo del leproso. Francisco quería alcanzar a Dios. Pero en el momento de la verdad, la pústulas repugnantes del leproso constituyen un non plus ultra para el hombre. La discontinuidad destruye al hombre, al menos al hombre que confía en su posibilidad, incluso cuando esta se supone garantizada por una divinidad tutelar. El momento de la discontinuidad es el de Getsemaní. Y en Getsemaní, Dios guarda silencio. Como si no hubiera Dios. En el caso, de Francisco, como si el leproso no ocupara el lugar de Dios. Como si la llamada inicial —la que impulsa a Francisco a dar el primer paso— no fuera de Dios. Getsemaní supone el fracaso del hombre religioso en su intento de alcanzar a Dios o, cuando menos, de estar de su lado. Supone el fracaso de la creencia. Y donde fracasa la creencia, tan solo queda la fe, la confianza, el esperar lo imposible, lo que el mundo no puede admitir como su posibilidad. Pues el mundo es mundo en tanto que tiene pendiente la extrema alteridad del Otro como tal. Lo imposible es, sencillamente, la irrupción del enteramente otro como aquel que se hace cuerpo en el hombre por el fiat del hombre. Ahora bien, ese fiat el hombre solo puede pronunciarlo bajo el silencio de Dios, esto es, sin un sentido que garantice a priori su entrega. Todo cuanto tiene que ver con Dios en verdad, se da sin Dios mediante. El gesto de Francisco es en el mundo, pero no pertenece al mundo. Si entendemos el gesto de Francisco solo desde nuestro lado, entonces podríamos hablar, quizá, de un gesto admirable, de lo que el hombre es capaz, aunque sea ciegamente (o en su caso, tapándose las narices), pero en modo alguno revelaría nada de Dios. En ese caso, seguiríamos dentro de los lindes de la religión. Dios permanecería en la dimensión oculta a la espera del esfuerzo ascético del hombre. Pero ese dios tiene que ver con el poder que satisface nuestra necesidad de amparo o plenitud, no con el Dios que clama por el hombre desde su impotencia. Para comprender el alcance del gesto de Francisco, hay que situarse también del lado del leproso. Pues si hubo beso, no es solo porque Francisco respondiera a la invocación del que apenas es un resto de hombre, sino porque ese resto se dejó caer en los labios de Francisco, por decirlo así. Ahora bien, si se dejó caer es porque Francisco se le acercó hasta donde pudo, cayendo de rodillas sepultado por su debilidad, a la espera de una redención. La caída del leproso en labios de Francisco es la respuesta a su caer de rodillas, a su oración. En su oración —la oración de Getsemaní—, Francisco se encuentra por entero en manos del leproso. El yo de Francisco es el otro. Ciertamente, el leproso volvió a la vida —se hizo hombre, recuperó la humanidad perdida— por el gesto de Francisco. Pero el beso aconteció no solo por la iniciativa de Francisco, aunque tampoco solo por la del leproso. Hubo beso porque Francisco respondió a la invocación del despojo humano hasta morir como aquel que no fue capaz. Pero también, y quizá sobre todo, porque ese despojo pudo de salir de la prisión de su cuerpo, regresar al mundo, por la entrega incondicional de Francisco. El leproso vuelve a la vida porque Francisco muere oliendo las pústulas del leproso, pero sin alcanzarlas. Aunque del mismo modo que con la vida del leproso —con su dejarse caer en los labios de Francisco— Francisco resucita de entre los muertos. Comprender ese beso solo desde el lado del hombre o solo desde el lado del leproso es no comprender nada. Podríamos decir lo mismo con respecto a lo que tuvo lugar en la sima del Gólgota.

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