esse est percipi

abril 13, 2018 Comentarios desactivados en esse est percipi

Quizá podamos entender fácilmente la distancia que nos separa del hombre de la Antigüedad, si tenemos en cuenta que él nunca hubiera dicho lo del obispo Berkeley, a saber, ser es ser percibido (esse est percipi). Para el hombre moderno no es posible cruzar el velo de las apariencias salvo con otra apariencia que, se supone, es más profunda. Desde esta óptica no podemos distinguir propiamente entre el mundo y un mundo virtual. O lo que viene a ser lo mismo, no cabe certeza apodíctica acerca de una realidad exterior a la conciencia. En cualquier caso, lo damos por descontado. Al fin y al cabo que nuestros contenidos mentales acerca del mundo respondan de algún modo a un afuera no deja de ser una suposición, una creencia implícita. El mundo es una representación del mundo, de tal manera que lo que no cabe en nuestros esquemas mentales, sencillamente, no es. Como es sabido, Berkeley salvaba la objeción de que bien pudiera haber un mundo que escapara a dichos esquemas apelando a la percepción de un Dios omnisciente. Lo que no vemos nosotros, lo ve Dios (y por tanto es). Pero ello, al fin y al cabo, exige un espectador que se ubique, por decirlo así, fuera de los mundos, lo cual ya nos da a entender de paso que la única trascendencia es la de yo. Cuando menos, porque el yo que se pregunta hasta qué punto hay una exterioridad, por eso mismo, se encuentra como quien dice más allá de sus representaciones de la exterioridad. El hombre antiguo, en cambio, nunca se hubiera atrevido a afirmar esto último. Para él ser es aparecer y no simplemente parecer. Lo real es eso otro que se muestra —que se hace presente, aparece— a una sensibilidad. Ciertamente, en su hacerse presente deja por el camino su carácter absoluto —su en sí, su extrema alteridad o extrañeza, su misterio— y, por consiguiente, se hace relativo a la situación de quien lo percibe. Cuanto es percibido es percibido siempre desde un punto de vista y, así, relativamente. Pero este paso atrás de lo enteramente otro no niega su realidad. Al contrario, la afirma. Para Berkeley y compañía no está claro que haya alteridad (el recurso del obispo de Cloyne a Dios no deja de ser, precisamente, un recurso, la proyección figurativa de la omnisciencia del yo). En cambio, para el hombre de la Antigüedad lo claro —lo indiscutible— es un hallarse expuesto al lo que es en verdad otro. Aun cuando no sepamos en qué pueda consistir en sí mismo, si es que posee alguna consistencia al margen de la propia de lo negativo. Pues la apariencia no es posible sin que de algún modo desaparezca en su aparecer lo que aparece.

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