los inocentes

abril 14, 2018 Comentarios desactivados en los inocentes

Hablar es juzgar antes de tiempo. Quien dice esto es así se decanta, aunque no lo sepa, por una de las opciones disponibles. Pues nada acaba de ser lo que decimos que es. Todo es mezcla —todo se halla atravesado de una esencial ambigüedad—. Si no nos lo parece es porque nos hallamos sometidos al espejismo del dato, a la necesidad de un anclaje en el mundo. De ahí que nuestras afirmaciones sobre cuanto es se encuentren comprometidas con lo que, desde nuestra expectativa, debe ser. Es como si en el fondo dijéramos ojalá las cosas fueran tal y como las decimos. No hay hecho que no sea incierto.

Sin embargo, nuestro compromiso con lo que debe ser determina quienes somos. Fácilmente podemos constatar que, desde la óptica del tiempo histórico, incluso los genocidios tienen su fecundidad. Como dejó escrito Walter Benjamin, por debajo de los grandes documentos de la cultura, se amontonan los cadáveres. Pero no es lo mismo aceptarlo sub specie aeternitatis que sostener que el exterminio es lo que en absoluto podemos admitir. Aquí no es posible permanecer en la ambigüedad que subyace a nuestros juicios sin deshumanizarnos. Sencillamente, nuestro ser o no ser depende de nuestro compromiso incondicional con la imposibilidad moral del exterminio y, en definitiva, con nuestra oposición a las leyes de la Historia. Ahora bien, precisamente porque dichas leyes son como la ley de la gravedad, quienes se alinean con las víctimas tienen las de perder. De ahí que la última palabra no la puedan pronunciar los inocentes. O la pronuncia el verdugo, o la pronuncia un Dios a favor de quienes murieron injustamente antes de tiempo. Sin embargo, Dios no es aquel que podamos dar por descontado. No es casual que, bíblicamente, la fe sea la fe en un Dios que es en tanto que debe ser en nombre de una vida que se nos dio desde el horizonte de la nada. La fe nunca fue un saber, ni siquiera hipotético.

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