nietzscheanas 49

abril 25, 2018 Comentarios desactivados en nietzscheanas 49

La verdad es metáfora, decia Nietzcshe, un esto como aquello. Mejor dicho, como si fuera aquello. Y efectivamente hay mucha lucidez en el diagnóstico. Pues decir es juzgar. Nada de cuanto nos traemos entre manos se nos da como algo químicamente puro. Lo que nos atrae poderosamente, también nos destruye. El amor puede incluso ahogarnos. El fondo que subyace a las palabras no es algo que quepa designar. Todo es continuo cambio, un eterno fluir, una oscilación. Algo de esto intuyeron quienes, en la Antigüedad, dijeron que la metamorfosis es la única ley. Incluso los dioses se transformaban. Sin embargo, el hombre necesita afirmar, una tierra en la que arraigar. El decir decanta la mezcla. Como clavar la mariposa en el corcho con un alfiler. O como el juez que dicta sentencia. Al proclamar la inocencia del hombre bueno, pongamos por caso, dejamos a un lado el fondo oscuro de su alma, el cual, sin duda, también se encuentra ahí. De este modo, estimar es desestimar (y viceversa). En última instancia, nuestro compromiso con la verdad es el síntoma de nuestra necesidad. Necesitamos decirnos quelas cosas son tal y como nos las decimos. Pero la designación, mejor dicho, la suposición metafísica que la sostiene, enmascara que en la designación —en el decir esto es así o asá— no hay más que un ojalá sea así. La esperanza —Nietzsche diría la fantasía— se encuentra enquistada en la constatación del presente. En cualquier caso, creer que el lenguaje es al fin y al cabo un invento del poeta confirma nuestro nihilismo epocal: nada por debajo de nuestras palabras (y menos si son grandes). Con todo, si Nietzsche pudo decir lo que dijo con respecto a la verdad es porque no hay, para Nietzsche, alteridad que valga, nada o nadie en verdad otro. Pues la verdad, antes que representación —antes que ficción— es el tener lugar de lo otro. Ahora bien, nada otro —o mejor dicho, nadie otro— tiene lugar sin desaparecer como tal, esto es, como eso —o aquel— que da un paso atrás en su aparecer o hacerse presente. El otro es el resto invisible de lo visible. Esto, sencillamente, es así. De ahí que la promesa que anida en el lenguaje no sea un simple desideratum de quien se encuentra arrojado al mundo, sino el reflejo de que hay presente porque el enteramente otro retrocedió en su hacerse presente. La verdad es acontecimiento. Y nada acontece sin que, en sí mismo, no acontezca, salvo como esa alteridad que perdimos de vista, precisamente, en su ofrecerse a una sensibilidad. Nada es en el presente. Pero de ello no se desprende que nada sea. Al contrario. El otro, en el presente, se revela como el ausente. Si la verdad ha llegado a ser el juicio del poeta es porque hace tiempo que dejamos de comprender que cuanto es tan solo puede dársenos como ese continuo diferir de lo visible y, por eso mismo, como un eterno porvenir o, si se prefiere, como la posibilidad de la extinción. Cuando menos, porque la irrupción del otro como tal suspende la sucesión de los días.

Los comentarios están cerrados.

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo nietzscheanas 49 en la modificación.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: