el filósofo y el niño

junio 16, 2018 Comentarios desactivados en el filósofo y el niño

Suele decirse que todo el mundo tiene su filosofía. Sin embargo, quizá deberíamos decir que tiene sus prejuicios o sesgos, la mayoría de los cuales son compartidos. Por lo común, se vive de opiniones, de sentencias ex cátedra más o menos ajustadas a nuestra circunstancia. Las opiniones son como mapas. En último término, apuntan a las líneas rojas de una comunidad. Así, decimos fácilmente que somos iguales ante la Ley o que cada uno es libre de elegir su religión, y ello con independencia de si de hecho políticamente se reconoce dicha igualdad o se nos permite elegir nuestras creencias. La opinión es cuanto damos por descontado, lo que se nos ofrece como indiscutible. De ahí que quien se encuentre sometido a la opinión, se encuentre sometido a lo impersonal, a lo que se dice o se hace, aunque creamos que la opinión es nuestra. La filosofía nace, en cambio, cuestionando los lugares comunes. En este sentido, el filósofo es como un niño. No puede evitar preguntarse por el porqué. ¿De qué estamos hablando cuando hablamos, pongamos por caso, de la libertad o la justicia? El deseo ¿hasta qué punto me pertenece? ¿Hay algo así como una última palabra? Y es que con respecto a la verdad, ese horizonte asintótico de la existencia, no podemos dejar de estar en suspenso. Al filósofo siempre le queda el curso. Como a ese niño preguntón y revoltoso que no acaba de encajar en esa fábrica de trabajadores competentes que es la escuela. No casualmente Hegel dijo que donde irrumpe la reflexión no vuelve a crecer la hierba. De ahí que la cuestión de la relación entre política y verdad sea la cuestión platónica por excelencia, a saber, cuál es el lugar del filósofo en la ciudad, si es que tiene algún lugar.

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