Agustín y el problema de la libertad

julio 6, 2018 Comentarios desactivados en Agustín y el problema de la libertad

La solución de Agustín al problema del mal es conocida: tan solo el hombre es responsable del sufrimiento indecente de los hombres. Nuestra libertad, por consiguiente, exculparía a Dios de la injusticia del mundo. Sencillamente, Dios nos hizo libres para el bien y el mal. Hasta aquí la tópica (aun cuando Agustín, como veremos, no dijera exactamente esto). Sin embargo, esta libertad, tal y como la entendemos por lo común, no termina de cuadrar con la realidad de un Dios omnipotente. Cualquiera que sepa qué significa originariamente la palabra Dios sabe que no cabe elección alguna ante Dios. En cualquier caso, una reacción, pero en modo alguno un margen de maniobra. Un gusano no tiene opciones ante el niño que decide aplastarlo o, por el contrario, cuidarlo… hasta que sus padres se harten. La vida del gusano depende por entero del arbitrio del niño que se entretiene con él. Su libertad, de tenerla, es una vana ilusión. La libertad del hombre no se da, por consiguiente, ante un Dios que se concibe como el ente supremo del paganismo. La libertad del hombre es, más bien, el envés de su desarraigo, el correlato de un Dios que se encuentra en falta, un Dios que tiene pendiente, de hecho, su reconciliación con el hombre y, por eso mismo, aún no es nadie sin la entrega incondicional del hombre. Dios no habita en los cielos, sino que pertenece a un pasado inmemorial, como el Dios que los mundos aguardan, incluyendo el sobrenatural. De ahí que haya mal porque hay Dios —porque la realidad de Dios es la de quien dio un paso atrás en el instante que fuimos arrojados al mundo—. El bien y el mal serían, por tanto, las dos caras de la extrema trascendencia de Dios, tal y como atestigua el libro de Job. La omnipotencia de Dios no es la del dios supremo de la religión, sino la que se expresa como la omnipresencia de su voluntad o mandato, el cual se desprende, precisamente, de su debilidad como dios, de su desaparición. En último término, y aquí Agustín sería más lúcido que la mayoría de sus lectores, en el despliegue de nuestra libertad estamos hipotecados por la elección de Adán. Podríamos decir que existimos sobre la base de una decisión congénita. Hagamos lo que hagamos, aunque sea con la mejor intención, terminamos corrompiendo lo que nos traemos entre manos. Massa damnata. El rechazo de Dios va con nosotros, por decirlo así. Pues ya elegimos vivir de espaldas a Dios incluso antes de nacer. No es casual que, cristianamente, no haya otra libertad que la del converso, la de quien, renunciando a sí mismo, se entrega obedientemente a la voz imperativa de los que claman por Dios. La libertad cristiana tan solo es posible como respuesta incondicional a una demanda insatisfacible. Sin embargo, ni siquiera esta libertad está exenta de ambigüedad. El hombre no pueda redimirse a sí mismo desde el ejercicio de su libertad. Fue necesario que Dios se identificara con un crucificado para que el hombre se hiciera de nuevo capaz de Dios.

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