Kim Jong-un vive como Dios

julio 11, 2018 Comentarios desactivados en Kim Jong-un vive como Dios

La flores crecen sobre un suelo de estiércol. Los santos —los mártires— son las flores del cristianismo. La masa de los cristianos por defecto, el estiércol. La fe ejemplar nace del humus de la mala fe. De ahí que sea díficil que la fe en el Dios que se reveló en el Gólgota sobreviva en un contexto donde Dios ya no está en el ambiente. El cristianismo como religión lo tiene crudo donde depende de los supuestos de la subjetividad creyente. Si la fe solo puede concretarse desde el para mí hay Dios —y este parece ser el único punto de partida admisible dentro de una sociedad tolerante—, entonces Dios no vale como Dios. La creencia no es en primer lugar una hipótesis, sino una confianza. Y no hay confianza que valga, si Dios como el alguien de quien depende el sí o el no de nuestra entera existencia no se da por descontado. Aunque cristianamente Dios no aparezca como dios. Ciertamente, Karl Rahner dijo, hace ya unos cuantos lustros, que el cristiano del futuro, esto es, de nuestro presente, o será místico o no será, dando a entender que la fe, al no ser posible un cristianismo sociológico, tendría que arraigar necesariamente en una experiencia de Dios. Sin embargo, la pregunta es hasta qué punto puede haber una experiencia de Dios fuera de un contexto socialmente cristiano. O mejor dicho, hasta qué punto dicha experiencia podrá aún vehiculizarse a través de las categorías del kerigma; si acaso no se encontrará espontáneamente más cómoda recurriendo a un marco conceptual ajeno al cristianismo como pueda ser el budismo. Ahora bien, en este caso difícilmente podrá seguir siendo una experiencia del Dios cristiano, aun cuando creamos sinceramente que tan solo la estamos actualizando. La situación sería análoga a la que vivirían los coreanos del Norte si de repente el regímen de Kim Jong-un se transformara en una democracia. Hoy por hoy, Kim Jong-un es omnipresente. Es imposible ir por la calle y no toparse con imágenes del sumo representante de la verdad. Kim Jong-un está en el ambiente. Quien ha nacido en Corea del Norte fácilmente creerá en la divinidad de su líder natural. Al igual que las chicas de Occidente no puede evitar creer que están demasiado gorditas, teniendo en cuenta cómo las bombardean desde que se levantan hasta que se acuestan con las imágenes de los cuerpos perfectos. De entrada, nadie elige su creencia. De entrada, uno cree en lo que se cree. Así, el cristiano actualmente sería como el comunista de Corea del Norte que siguiera tomándose en serio que Kim Jong-un es dios, aun cuando se hubiera revelado, tras la caída del regímen, como un hombre cualquiera con sus temores y miserias. Más aún, como el cínico que nunca creyó en lo que proclamaba.

Con todo, la situación no es nueva. Ya en el Antiguo Testamento encontramos la idea del resto de Israel. No es la primera vez que el contexto de la fe parece hacer aguas ante el tsunami de la Historia. Israel basó su esperanza en los pocos que aún, en medio del naufragio, se mantenían fieles al espíritu de la Alianza. Y quizá la Iglesia tenga que recuperar esta profunda intuición para mantenerse en pie (o mejor dicho, de rodillas). Ahora bien, puede que el problema de la Iglesia actual sea su división en corpúsculos, división que podríamos interpretar como una ruptura entre los jóvenes y los viejos del lugar. Pues no hay puentes entre las comunidades de los Quicos, pongamos por caso, y los que, siendo teológicamente más refinados, son conscientes de que no van por ahí los tiros de la fe verdadera, que la fe, en definitiva, no es pura sentimentalidad. Los Quicos tienen el vigor —y las ingenuidades— de la juventud. Los viejos del lugar, en cambio, la visión de fondo, la sabiduría. Es como si el cuerpo, el cual siempre carga con la tara, y el alma fueran cada uno por su lado. Como si las flores hubieran sido arrancadas del suelo de estiércol. Aunque lo cierto es que Dios escribe recto con renglones torcidos. Si es que aún está para escribir algo.

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