un Dios liberador

agosto 24, 2018 Comentarios desactivados en un Dios liberador

Esto del monoteísmo es bastante curioso, por no decir desconcertante. Es un tópico decir que la mayoría de edad llegó con la Ilustración. Pero si lo pensamos bien, el hombre se emancipa de Dios con la caída. Es tras el desprendimiento de Adán que Dios deja de ser una divinidad tutelar, siendo desplazado a un pasado inmemorial. Otro asunto es que el hombre no asuma su mayoría de edad hasta los tiempos modernos. Que en el mientras tanto de la Historia, incapaz de soportar su paso a la madurez, haya optado por los sustitutos de Dios, aquellos que aún le permiten creer que se halla en el mundo bajo el amparo de un abuelo espectral. En cualquier caso, la extrema trascendencia de Yavhé, la cual anda rozando la nada, encuentra su correlato en un hombre dejado de la mano de Dios. De Dios tan solo restará, al modo de un testamento, en el sentido casi forense de la expresión, una Ley que, en el fondo, no es más que el eco de aquella voz que inquiere a Caín por el lugar de Abel y un mundo que cabe ver como milagro o excepción desde el fondo, precisamente, de la nada de Dios. Con la caída dejamos de comprendernos como criaturas de Dios. Aunque con la boca profesemos lo contrario, vivimos como si no tuviéramos padre. De ahí que podamos decir que con su repulsa Dios nos libera de Dios, al precio, sin embargo, de quedarnos sin alteridad. En lugar del otro, sus imágenes, aquellas con las que cabe negociar. El hombre sin Dios se encuentra sometido al imperativo de la manipulación. Aunque también al desiderátum de la fraternidad. Pues estamos solos y, por eso mismo, únicamente nos tenemos los unos a los otros. De lo que pueda haber más allá de la fraternidad, seguimos sin tener ni idea. A pesar de que, sin duda, podamos esperar al margen de cualquier sensatez que los muertos tienen que resucitar en nombre de una vida que nos has sido dada por la desaparición de Dios y quizá sobre todo en el de aquellos a los que se les arrancó la vida injustamente antes de tiempo, los Abel de la Historia.

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