ciencia, literatura y fe

septiembre 2, 2018 Comentarios desactivados en ciencia, literatura y fe

José Gordon es un divulgador de la ciencia, el cual lleva más de diez años en la televisión mexicana con su programa “La oveja eléctrica”. Defiende, entre otras cosas, la importancia de la imaginación en la práctica científica. “Entiendes cuando conectas los puntos”, dice. Tener los datos no basta. De ahí que que subraye la necesidad de una mayor implicación entre ciencia y literatura. Feyerabend supongo que le habría dado la razón. También es consciente del peligro que supone que la posibilidad, técnicamente a las puertas, de vivir más y mejor tan solo esté al alcance de unos pocos. Aunque la proyección hacia el futuro de la división de la humanidad entre la casta de los superhombres y los que no cuentan de algún modo enmascara que de hecho se trata de nuestro presente. En cualquier caso, para José Gordon la ciencia como literatura es un especie de espiritualidad sin religión o, si se prefiere, una religión del asombro, aun cuando la primera proceda por medio de ecuaciones y la segunda, mediante metáforas. En este sentido, suele citar a Stephen Hawking a propósito de su definición de la cosmología como una religión para ateos inteligentes. También a Bruno Schulz cuando dice que debemos madurar hacia la infancia. La imaginación y curiosidad sin complejos del niño nos permiten enfocar los problemas de maneras inéditas. O como suele decirse ahora, thinking outside the box. Imaginar es ir más allá de las imágenes primeras, aquellas en las que arraigan nuestros prejuicios, como decía Gaston Bachelard. El sentido de la belleza es, como viera Platón, un principio heurístico y no solo una cuestión de gustos. No podemos vivir como si la belleza no existiera, como decía acertadamente el poeta Luis Ruiz. Según Gordon, la ciencia, como la literatura, nos revelan lo que antes era invisible. Y sin duda algo de esto hay (o bastante). Sin embargo, quizá nos equivocaríamos, si creyéramos que el horizonte asintótico del saber es la visibilidad. Pues, con unas pocas dosis de dialéctica, fácilmente caeremos en la cuenta de que lo invisible no es la cosa invisible, sino lo innegociablemente invisible. Y es que nada hay que se haga presente sin que su carácter de algo —o alguien— enteramente otro retroceda hacia un fue absoluto. Sencillamente, algo se muestra o aparece —algo es— en tanto que su alteridad no se muestra o aparece. Desde la óptica de la visión no hay diferencia entre el mundo y un mundo virtual. De ahí que la religión no se sostenga tan solo sobre nuestra capacidad de asombro, sino principalmente, me atrevería a decir, sobre el sentimiento de una pérdida fundamental y, por extensión, de un haber sido abandonados. Aquello absolutamente presente no deja de ser, por eso mismo, aquello eternamente ausente. Al menos mientras haya mundo. Ciertamente, la mejor ciencia nace de la mirada del niño. La religión en cambio, de la mirada o, mejor dicho, de la invocación del huérfano.

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