Santiago, el de la carta

septiembre 16, 2018 Comentarios desactivados en Santiago, el de la carta

Al leer la carta de Santiago uno no puede evitar la impresión de estar leyendo a Amós. Y quizá por eso mismo haríamos bien en volver a ella de vez en cuando, al menos para recordarnos a nosotros mismos lo fuera de juego que estamos con respecto a los asuntos de Dios. Así, en Stg 2, 1-13 encontramos aquel fragmento en el que se nos expone un comportamiento habitual por humano (y aquí Nietzcshe probablemente diría que demasiado humano). Un rico y un pobre entran en una asamblea de cristianos. Estos babean con el primero, cediéndole el lugar de honor, mientras que toleran la presencia del segundo, sugiriéndole que se siente en los últimos bancos o en el suelo. Víctor Hernández, amigo y pastor protestante, me decía el otro día tomando un café, que el rico, tal y como sugiere el texto, probablemente llevaba el anillo de los próceres, de aquellos que ejercían un patronazgo. En la época del Imperio, nadie llegaba a ningún sitio, si no contaba con el apoyo de un patrón. De ahí que el honor que se le profesaba al prócer mostrara tanto respeto como agradecimiento. Se trataba, por tanto, de algo natural. Sin embargo, Santiago dice que los cristianos, a pesar de acoger al pobre, se apartan de Dios al rendirle pleitesía al que humanamente la merece. Para comprender el alcance del texto, imaginemos que Jon Sobrino o Grégorie de Ahongbonon visitaran una comunidad cristiana. Ciertamente, la analogía es un tanto forzada, pues probablemente tanto uno como otro, cuyo compromiso con los más desfavorecidos es indiscutible, rechazarían cualquier forma de privilegio. Pero también es probable que la reacción de la comunidad fuera de entrada la misma que la que denunció duramente Santigo. Es difícil, por no decir inevitable, que tanto Jon Sobrino como Grégoire de Ahongbonon no ocuparan el centro de la reunión. De algún modo tiene que ser así. Pues bien, si mientras la comunidad escucha las palabras del testigo, un pobre entrara contaminando el ambiente —un pobre, como suele decir precisamente Jon Sobrino, siempre huele mal—, es posible que se le dijera que ese no era el momento para que pudieran atender su demanda. O que se dirigiese a Caritas… porque ese no era el lugar. Una vez más, habríamos evitado su mirada. Y es que lo que quizá quiera transmitirnos Santiago es que lo decisivo de la existencia creyente no es mirar hacia arriba o a aquellos que supuran santidad, aunque tarde o temprano tengamos que hacerlo, sino ser alcanzado por la mirada de aquel que apenas es mucho más que su invocación. Los cristianos a los que se refiere Santiago están en falso no porque agradezcan al prócer su visita, sino porque, al colocar al pobre en la zona invisible de la asamblea, evitan ser traspasados por su desgracia. Sencillamente, si Dios es el Señor, entonces el pobre es el Señor, aquel en cuyas manos estamos. Pero ¿quién será capaz de soportarlo? De ahí que Jesús se preguntara si acaso, cuando el hijo del hombre regresara en los días finales, encontraría aún a alguien con fe sobre la tierra (Lc 18, 8).

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