in corpore

septiembre 15, 2018 Comentarios desactivados en in corpore

El otro día, una mujer joven me dijo que no quería tener hijos. De acuerdo. La maternidad ha dejado de ser un destino. Al menos sobre el papel. Como si se tratara de una opción entre otras. Y supongo que esto va con lo que entendemos hoy en día por libertad. Sin embargo, con los años uno ha aprendido a desconfiar de cuanto podamos decir o proclamar a los cuatro vientos. Sobre todo, en lo que atañe a nosotros mismos. Por lo común, nos llenamos la boca de buenas intenciones, creyendo sin embargo que no son intenciones, sino realidades. De ahí que suelan enmascarar cuanto de hecho sucede por dentro. Y no porque seamos unos hipócritas, aun cuando esto no sea descartable, sino porque nuestra sinceridad pasa de puntillas sobre las divisiones que atraviesan la existencia, sobre su densidad. Así, y a pesar del culto al cuerpo de hoy en día —o quizá por eso mismo—, espontáneamente creemos que nuestro cuerpo es como un gabán. Es decir, no solemos tomarnos muy en serio su fuerza, su poder. Damos por sentado que, salvo enfermedad terminal, podemos hacer lo que queramos con él. Como si estuviera a nuestro servicio. Con todo, me atrevería a decir que más que un gabán, el cuerpo es una prisión (por cargar un poco las tintas). O, si se prefiere, como un tigre. El cuerpo va su rollo. Es lo que tiene esto de la naturaleza. Con el cuerpo, hay que saber negociar. De ahí que es posible que la joven con la que hablé, como tantos, peque de ingenua cuando supone que con los años el cuerpo no le pondrá sobre la mesa un pliego de demandas, que no le exigirá saldar la deuda pendiente. Sin duda, podrá no atendenderla, intentando ser fiel a su inicial renuncia a la maternidad. Pero la pregunta es a qué precio. Como sabemos, no es habitual leer la letra pequeña. No hay que ser platónico para intuir que cuerpo y alma no suelen ir de la mano. Al menos de entrada. Ni tampoco muy lúcido para caer en la cuenta de que solemos quedarnos muy por debajo de nuestras mejores aspiraciones, de que no siempre nos salimos con la nuestra, si es que salimos alguna vez. Vivir cuesta. O mejor dicho, lo que cuesta es saber vivir. Acaso porque no nos entretenemos con la letra pequeña. Y con la gruesa, ciertamente, no vamos muy lejos. Al menos, no mucho más que lo que alcanza la inercia del instinto. O de las modas culturales, lo que probablemente sea peor.

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