soledades

septiembre 29, 2018 Comentarios desactivados en soledades

Decía Pascal que la indigencia espiritual del hombre se entiende por su incapacidad de permanecer a solas en una habitación. Hoy en día, esto resulta casi una evidencia. La distracción —la dispersión— se ha impuesto casi como un deber existencial, por decirlo así, hasta el punto de convertirla en sinónimo de felicidad. ¿Quién se atrevería a decir que ha pasado el fin de semana en una celda monástica? ¿Acaso no se le acusaría de haber perdido una oportunidad de pasárselo bien? No es casual que Nietzsche, a quien ciertamente no cabe atribuirle una propensión a la catequesis, dijera que el hombre se mide por la cantidad de silencio que es capaz de soportar sobre su espalda. Como si nuestra dificultad con el silencio fuera el envés de nuestra falta de valor a la hora de soportarnos. Y es que donde lo único que escuchamos es el rumor de la nada fácilmente caemos en la cuenta de que al final nos iremos con las manos vacías —que no hay éxito que no sea un exitus o, como decía Cioran, un malentendido. Aunque la pregunta quizá sea qué hacemos mientras tanto con esas manos vacías. Sean o no nuestras. Y me atrevería a decir que solo podemos hacer dos cosas: o acariciar, desde la convicción de que no hay presente que no sea una medida de gracia, o llenarlas de pan, sobre todo cuando son manos que han sido vaciadas por nuestra indiferencia.

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