panteísmo y alteridad

octubre 28, 2018 Comentarios desactivados en panteísmo y alteridad

Si Dios es el Uno-todo, entonces no hay verdadera alteridad, sino en cualquier caso imágenes de lo otro. La conciencia sería, desde este supuesto, el ámbito del espectáculo. Aquí todo fluye. Podríamos decir que quien se siente inclinado al panteísmo, dejando a un lado al geómetra que fue Spinoza, posee una psicología maternal: la vida es conexión, vínculo, don. Vivir consiste principalmente en un dejarse llevar. No es causal que el horizonte de las místicas de corte panteísta sea la fusión. En cambio, si Dios es el enteramente otro que, como tal, se halla en falta, entonces el prius de la existencia sería la separación, la distancia y, en último término, la promesa. Pues Dios es lo que el mundo tiene pendiente. La conciencia no alcanza el carácter absoluto de la genuina alteridad. Aquí la psicología sería paternal, por seguir con el tópico. Desde esta óptica, lo primero no es el fluir, sino el tener que responder a la demanda que nace, precisamente, de la ausencia del padre. Don y oscuridad son las dos caras de una y la misma trascendencia. La vida se nos ofrece desde el paso atrás de Dios. Pero al igual que el sufrimiento. No es lo que diría un panteísta. Para el panteísmo, el mal no deja de ser un error de perspectiva. Sin embargo, el mal es un poder al que debemos enfrentarnos. Satán quiere que tus hijos mueran. Y Satán no es el lado oscuro de Dios, sino la voluntad que arraiga en el corazón del hombre. Auschwitz no fue una equivocación, sino la expresión de nuestro querer arrancar el mal de raíz. Como si fuéramos Dios. De ahí que el horizonte de la experiencia bíblica de Dios no sea la fusión, sino la redención, el encuentro, la paz de la reconciliación. En nombre de una vida que nos fue entregada como milagro, el verdugo no puede pronunciar la última palabra. El encuentro, a diferencia de la disolución, preserva, al superarla, la distancia de la alteridad. Pues el otro, como tal, es sagrado, o lo que viene a ser lo mismo, intocable. Con todo, nuestra existencia anda entre mamá y papá. Ciertamente, mamá tiene que dejar que papá arranque a los hijos de su regazo. Pero al igual que papá tiene que admitir que los hijos solo podrán responder a su exigencia donde sean perdonados por mamá. Pues nadie es capaz por sí mismo de responder al imperativo incondicional de un padre del que tan solo escuchamos su voz. Si es que la escuchamos (Sal 95, 7).

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