una teodicea mal formulada

noviembre 23, 2018 Comentarios desactivados en una teodicea mal formulada

Quizá la pregunta no sea por qué el mal. O por decirlo a la manera de la teodicea, por qué hay mal, habiendo un Dios, se supone que henchido de bondad. Y no porque hoy en día, la dura realidad del mal parezca confirmar nuestro prejuicio, a saber, que no hay Dios, sino porque, tal y como esta formulada, no es esta la pregunta que acaso se plantearía quien sufre en sus carnes nuestra impiedad. Pues quizá peque de abstracción. La pregunta por el mal in abstracto no deja de ser la pregunta de quien nos situamos en las gradas del espectador, aunque, sin duda, nos conmueva lo que sucede sobre el escenario. Para la víctima la pregunta sería, pongamos por caso, por qué aquellos hombres, capaces de apreciar a Bach o a Goethe, quisieron que sus hijos murieran (los de la víctima). ¿Acaso los jefes del lager no acaraciaban a los suyos? Por qué quisieron, con todo, gasear a mis hijos (o torturarlos o quemarlos vivos). El mal como abismo tiene rostro. El mal impersonal —como la divinidad impersonal— es fácil de entender. Hay mal como hay bien (al igual que hay divinidad oceánica como hay arkhé). Esta es, de hecho, la ley del mundo: luz y oscuridad van de la mano. Son las dos caras de lo mismo. La vida, sencillamente, avanza devorándose a sí misma. O por decirlo a la castiza, el pez grande se come al chico. Pero a la víctima no le basta con este porqué. Su pregunta es cómo el asesino de sus hijos, ese hombre o esa mujer en concreto, pudo convertirse en el heraldo de Satán. Cómo pudo soportar la mirada de un niño mientras ajustaba la soga a su cuello. ¿Acaso por lo que representaba, desde el punto de vista del verdugo? ¿Acaso porque a este se le exigió coraje para arrancar las malas hierbas del jardín, la metáfora par excellence del humanismo renacentista? Algo de verdad —o mejor dicho, mucha verdad— hay en la convicción cristiana de que el hombre por sí mismo no es capaz de redimirse. ¿Quizá porque el hombre no deja de ser un animal simbólico? Pues conviene tener en cuenta que los grandes genocidios de la Historia siempre se llevaron a cabo en nombre del Bien. No es casual que el hombre solo pueda dejar de matar donde tema —y tema seriamente— traspasar los límites del tabú, el que confiere a la vida humana el aura de lo sagrado o, lo que viene a ser lo mismo, de lo intocable. Qué sea el bien no puede decidirlo el hombre. Ni siquiera con la excusa de su dios. Pues, en ese caso, tarde o temprano habrán quienes se le aparezcan como el excremento que hay que enterrar.

En cualquier caso, a la víctima no le basta con apelar a la biografía del verdugo, al típico no pudo hacer otra cosa, siendo como es, un títere de las fuerzas impersonales de la Historia. Lo irreparable exige una reparación —que no una venganza—, en modo alguno una explicación. Y una reparación que no se agota con el arrepentimiento del verdugo. En realidad, exige una reparación imposible. De ahí que las víctimas del pasado deban resucitar, aun cuando no podamos creerlo solo desde nuestro lado. Y deben resucitar en nombre de una vida que se nos ha dado como milagro desde el horizonte de la desaparición de Dios. O resurrección de los muertos, o la vida no es más que un cuento contado por un idiota lleno de ruido y furia. Y, ciertamente, hoy en día estamos más cerca de decantarnos por lo segundo. Es lo que tiene un mundo sin temor de Dios, en el sentido bíblico de la expresión (o, en su defecto, el haber convertido a Dios en una variante del océano).

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