escándalo

marzo 16, 2019 Comentarios desactivados en escándalo

Los hombres estamos podridos por dentro. Pero vamos por ahí como si no. Y estar podrido significa que, fácilmente, nos hacemos daño (a nosotros mismos, y sobre todo, a los demás). Que hayamos perdido de vista aquello de la masa damnata de Agustín hace que nos rasguemos las vestiduras como si el daño físico y moral fuera inconcebible (o solo concebible extramuros, en los arrabales de la ciudad). No hay hombre justo (Sal 14, Rom 3, 10). Ciertamente, el daño exige una reparación. Pero la pureza no deja de ser una máscara. Solo hay que rascar un poco para que, incluso en las mejores familias, como suele decirse, toquemos mierda (y a veces mucha mierda). Quizá nuestro error consista en creer que papá es íntegro o intachable. Es verdad que tuvimos que creerlo, para intentar ocupar su lugar. Sin embargo, papá también cruzó las líneas rojas. Al fin y al cabo, las figuras paternas son eso: figuras. Así, puede que nos equivoquemos si, al descubrir que nuestro ídolo tiene los pies de barro —una vez lo hemos desterrado al sheol—, nos limitásemos a seguir como si el resto de las manzanas pudieran comerse. Pues probablemente no haríamos más que sustituir un fantasma por otro. Los hombres somos como esos escolares que escupen sobre el compañero que huele mal para así poder creer que ellos están limpios. Hasta que no tocamos fondo es difícil que podamos alcanzar (o ser alcanzados) por la verdad. Todo fondo es oscuro. Ahora bien, la verdad no es oscuridad, sino aquello que acontece, si es que dejamos que acontezca, después de que la oscuridad se haya revelado como el final. Y lo que acontece —o puede acontecer— es el perdón, aunque el perdón solo puedan dárnoslo nuestras víctimas. No hay más. O redención o ficción. En el mejor de los casos, donde no hay verdad, todo es holograma, o, por decirlo de otro modo, engranaje. Como si fuéramos bolas de billar que ignoran que lo son. Como si tan solo fuera cuestión de poner el polvo bajo la alfombra. Tarde o temprano, deberíamos darnos cuenta de que el hombre es la pieza que no encaja. Aun cuando el precio de nuestro desencaje sea el de tener que cargar con el peso de la culpa.

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