institución familiar

marzo 26, 2019 Comentarios desactivados en institución familiar

Esto del matrimonio por amor es un invento reciente. Como es sabido, antes el matrimonio era, y lo sigue siendo en muchos lugares del mundo, un pacto entre familias. Te toca la mujer —o el hombre— que eligieron tus padres. De ahí que demos por sentado que hemos avanzado al poder elegir a nuestra pareja. Aunque aquí uno podría preguntarse por qué creemos tal cosa —si acaso el creerlo no presupone que nos encontramos en un mundo en donde resulta inevitable que nos lo parezca. En cualquier caso, podríamos darlo por bueno, si no fuera porque, con respecto a este asunto, hay mucha confusión. No elegimos por amor, sino por gusto, como quien dice. Nadie ama a nadie de entrada. De hecho, inicialmente solo nos sentimos atraídos por el otro. Pero el amor está hecho con otros mimbres que los de la mera atracción. Por eso, no es casual que, una vez la chispa de los primeros días se diluye como azúcar en el café, creamos que se ha terminado el amor. Uno es básicamente lo que hace o, mejor dicho, aquello a lo que está acostumbrado. Y básicamente lo que hacemos a diario es consumir, esto es, comprar lo necesario. Ante la novedad, lo que el consumidor suele hacer, si puede, es cambiar el viejo producto por el nuevo. De ahí que muchas parejas sigan en pie, no porque se amen, sino porque se han quedado sin recursos para salir de compras. El matrimonio, sin embargo, tiene mucho de oficio —de buen oficio, en el mejor de los casos—, sobre todo cuando hay hijos de por medio. Ahora bien, para desempeñar un oficio hace falta un saber, una habilidad. En este sentido, no es casual que nuestras abuelas insistieran en que lo principal era que aquel con quien decidieras formar una familia fuera un buen hombre o una buena mujer. Traducción: que tuvieran las virtudes necesarias —el cáracter— para ejercer, sobre todo, la paciencia, palabra cuyo significado apunta, y no anecdócticamente, a un querer la paz, aun cuando en muchas ocasiones nos conformemos con su simulacro, la tregua. La verdaderas historias de amor —y haberlas haylas, aunque sean pocas— no terminan cuando los amantes logran sortear los obstáculos que dificultan su encuentro. De hecho, comienzan justo en ese momento. Ciertamente, es mejor que, de entrada, conectes con tu pareja. Es mejor que haya un sí de fondo. Pero las películas románticas suelen finalizar con el y comieron perdices, olvidando que, aun cuando sean sin duda un plato de gourmet, comerlas a diario cansa. A menos que ya sepamos que el amor no tiene que ver propiamente con la gastronomía, sino con que, con el tiempo, tengamos algo de lo que perdonarnos. La conexión inicial, por sí sola, no garantiza la paz.

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