Jean

marzo 25, 2019 Comentarios desactivados en Jean

Thomas Merton, el monje trapense, pasó sus últimos días en manos de una mujer (aunque no muriera en sus manos). Parece ser que los discípulos de Martin Buber hicieron lo posible por ocultar su pasión senil por una muchacha. Jean Daniélou, cardenal y uno de los intelectuales del Concilio, murió en el lecho de una prostituta. Son finales ejemplares, sobre todo el de Jean Daniélou. No, ciertamente, porque sean una muestra de coherencia, sino porque, a pesar de no serlo, dice mucho de nuestra relación con el bien. Ninguno de estos finales impugnaron la bondad del que esos hombres fueron capaces. Toda el bien que podamos hacer, lo hacemos siempre con las manos sucias. Es verdad que no vale cualquier incoherencia. No diríamos lo mismo, si Jean Daniélou hubiera muerto mientras traficaba con órganos o armas. No es lo mismo tener las manos sucias que manchadas de sangre. Pero nos equivocamos donde creemos que el hombre, por sí mismo, puede alcanzar la integridad. Pecamos de ingenuidad donde nos fiamos de las figuras míticas. Aunque quizá necesitemos creer en ellas para seguir fallando. Es sabido, que en los campos de la muerte, los prisioneros podían llevar a cabo los actos más execrables, mientras hubieran algunos que, contra viento y marea, se mantuvieran incorruptibles. Al menos, en apariencia. Una vez, dejaban de haber hombres buenos, y esto ocurría más temprano que tarde, el resto se hundía en la más absoluta de las miserias —en un mundo de simples bestias. Quizá el hombre solo pueda soportarse donde aún cabe la mala conciencia. Y seguiremos teniendo mala conciencia, donde podamos creer en la pureza de algunos. Ahora bien, no parece que podamos creer en ello, salvo infantilismo. De ahí que lo último para el hombre no sea una vida sin tara, sino un invocar la piedad. El juicio final, sencillamente, no nos pertenece.

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