confirmación

marzo 29, 2019 Comentarios desactivados en confirmación

La crisis del cristianismo no solo se constata ante el hecho de que las Iglesias están cada vez más vacías —estas se han convertido en el sepulcro de Dios—, sino que se hace aún más patente, si tenemos en cuenta de que muchos de los que se confirman no terminan de saber a qué. Por no saber, no saben ni el credo. En algunos casos, hay sin duda buena intención. De algún modo, intuyen que los tiros van por ahí. Pero si se les pregunta en qué creen, la mayoría dirá que hay algo más allá —que no alguien— y que Jesús era un buen tío, un ejemplo a seguir. Quizá sea suficiente con la intuición a la hora de dar los primeros pasos, los cuales siempre los damos a tientas. Pero la fe no consiste en decir lo anterior. Estrictamente, la fe es una respuesta a la fe de Dios en el hombre. Y esto no es lo mismo que limitarse a creer que hay algo más allá o que la vida de Jesús fue admirable. El punto de partida de la fe es la experiencia de la redención, al fin y al cabo, el de un haber sido perdonados por el que murió como un apestado de Dios. Y, evidentemente, no es este el punto de partida de quienes, hoy en día, creen que creen. Quizá el punto de partida sea una cierta inquietud por el sentido de tot plegat. Pero no estamos hablando de lo mismo. También es verdad que, por lo común, no nos encontramos en la situación de quienes claman por la redención. Pero, sí, cuando menos, en la de aquellos que pueden preguntarle al testigo qué has visto tú que nosotros aún no hemos visto. Ahora bien, la mayoría no cree que le deba el simulacro de su fe a alguien. Espontáneamente, damos por sentado que creemos por nuestra cuenta y riesgo. Como si creer en Dios fuera como creer en la existencia del Yeti. Puede que Nietzsche tuviera razón al escribir que también Dios encontró su infierno al amar a los hombres. Pues Dios se arriesgó al ponerse en manos del hombre para llegar a ser el que es. Que Dios ame al hombre significa que va en busca del amor del hombre. Pues amar es buscar. Y buscar hasta el punto de sacrificarse por lo que se ama. Pero el amor no se consuma sin la respuesta del amado. De ahí que Dios aún no sea nadie sin la respuesta del hombre (aunque del mismo modo que el hombre no es más que un espectro donde deambula ignorando con quién está en deuda). Como en la parábola de Kierkegaard, según la cuál el noble tuvo que hacerse campesino para merecer el amor de la campesina de la que se había enamorado. Pero, claro, la campesina no quiso saber nada de ese sucio campesino. Aunque acaso la historia hubiera terminado de otro modo, si a la campesina se le hubiera revelado que ese hombre fue aquel noble que renunció a su palacio para poder, cuando menos, acercarse a ella.

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