objetividad y nihilismo

marzo 30, 2019 Comentarios desactivados en objetividad y nihilismo

Decía Platón que aun cuando no tengamos el poder de los dioses —aun cuando no podamos ser como ellos— , sí podemos ver las cosas desde su óptica. La distinción entre la opinión y el saber nace de la voluntad de situarse en la posición del dios omnisciente. Esta voluntad no debe entenderse propiamente como un desafío, sino como esa pasión por la verdad que anida en el fondo de cada hombre, la cual nace tanto del asombro como de la sospecha sobre uno mismo. Sencillamente, quizá las cosas no terminen de ser lo que nos parece que son. Un dios, al fin y al cabo, es imparcial. De ahí que no sea anecdótico que la palabra teoría encuentre su raíz en la palabra theos (dios). Como tampoco lo es que la teoría, en este sentido, fácilmente derive en nihilismo. Así, pongamos por caso, nuestra vida puede haber quedado destrozada por la transgresión del tabú. Pero desde la óptica de la eternidad nuestra percepción es ridícula, la expresión de una simple reacción emocional. Podemos creer que un genocidio representa el mal absoluto. Pero una cosa es que nos lo parezca, aunque sea de manera indiscutible, y otra que lo sea. Ciertamente, podemos decir, desde la posición teórica, que un genocidio se sitúa en el mismo plano que la bondad. Pero no podemos sentirlo así. No es posible interiorizar ese saber. Como arrancados de la divinidad, seguimos atados a lo que nos parece que es —atados al cuerpo—, incluso donde nuestras primeras impresiones han sido cuestionadas por un punto de vista exterior, pero aún humano. Esto es, sencillamente, así. A menos que la verdad no sea un espectáculo —aquella visión que se determina desde el lado del espectador indiferente—, sino un tener lugar. Y para un dios nada tiene lugar, sino que simplemente pasa. Desde la óptica de un dios, nada acontece. No hay nada sagrado para el dios. La verdad, en su significado más originario, solo le ha sido dada al hombre. Ahora bien, entender esto último supone entender que solo hay don —solo hay aparición— donde el carácter enteramente otro de cuanto se nos revela ha dado un paso atrás, por decirlo así. La verdad —el tener lugar de lo real— se muestra o aparece en tanto que su carácter absoluto se oculta. De ahí que no haya otra verdad para el hombre que la que se expresa en los términos de un fue y, por eso mismo, en los de una promesa eterna. La alteridad del otro es, precisamente, lo que acontece como lo que, en sí mismo, perdimos de vista en su mostrarse. Aunque quizá por eso la vida que nos ha sido dada desde la desparición de Dios se carge con el aura de lo sagrado. Sencillamente, es lo que hay. Pues lo que hay es lo que nos ha sido dado desde el paso atrás de Dios. Desde la verdad —desde la óptica del don— un genocidio no puede situarse junto a la bondad como si fueran cosas que simplemente suceden. Sin duda, nada de esto resulta inteligible para un dios omnisciente. Para caer en la cuenta de cuanto acabamos de decir, hay que haber sido arrojados al mundo. O lo que viene a ser lo mismo, arrancados de Dios. De ahí no haya otro Dios que aquel que quedo herido de muerte con la caída del hombre, el Dios que, por eso mismo, no es más, aunque tampoco menos, que una voz que clama por el hombre, aquella en relación con la cual somos quienes somos, a saber, aquellos que dependen del juicio del otro. Una divinidad indiferente no deja de ser un trasunto de nuestro deseo de ser como Dios.

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