la trampa hermenéutica

abril 4, 2019 Comentarios desactivados en la trampa hermenéutica

El credo cristiano proclama que Jesús es el quien de Dios. Que Dios rescató al crucificado de entre los muertos para sentarlo a su derecha. Y que habrá un día en que los muertos resucitarán para que puedan ser juzgados por Dios. ¿Podemos aún creer en ello? Quienes defienden que sí, suelen añadir que solo si lo interpretamos adecuadamente. De lo contrario es como si hoy en día nos tomáramos en serio que Zeus se encarnó en un cisne para fecundar a Leda. De acuerdo. Sin embargo, la cuestión es cómo se concreta dicha interpretación. Ciertamente, hay que saber leer. Pero no es fácil. En realidad, lo fácil es reducir las fórmulas del credo a nuestros esquemas mentales, los cuales funcionarían a la manera de un lecho de Procusto. De este modo, fácilmente caemos en el malentendido, convirtiendo el kerigma de la resurrección, pongamos por caso, en un modo de hablar de la resilencia. Sin embargo, es obvio que los testigos de la resurrección no quisieron darnos a entender simplemente que hay vida más allá de los traumas que, en un momento dado, nos hunden en la miseria psíquica. Sin embargo, es igualmente obvio —o debería serlo— que el hecho de la resurrección ya no nos pertenece. Un hecho se da en relación con un determinado mundo, el que nos permite verlo, precisamente, como hecho. No hay visión que no contenga una interpretación. Y el mundo de los primeros cristianos no es, ciertamente, el nuestro. No podemos aceptar el hecho de la resurrección, aun cuando efectivamente Jesús se apareciese en cuerpo y alma a unos cuantos después de muerto. Pero de ahí no se desprende que ya no podamos tomarnos en serio lo que la resurrección revela, a saber, que Dios no es nadie sin el fiat del crucificado. O por decirlo en trinitario, que el Padre tuvo pendiente su modo de ser hasta que el Hijo no se puso en sus manos colgando de una cruz. Dios no es —no quiere ser— sin el hombre. Pero al igual que el hombre no sabe quién es mientras no sepa quién es en verdad su padre, aquel que decide el sí o el no de su entera existencia. Es verdad que, desde la óptica cristiana, el Padre no puede hacer otra cosa que bendecir al Hijo, si es cierto que el Padre no llega a ser el que es sin la entrega incondicional del Hijo. La maldición la elige, por decirlo así, el hombre. Pero una cosa no quita la otra. Otro asunto es donde queda la esperanza cristiana en la resurrección final de los muertos. Y aquí quizá no tengamos más remedio que entenderla a la judía. Pero este, como acabamos de decir, es otro asunto.

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