del quinto

abril 8, 2019 Comentarios desactivados en del quinto

Parece obvio que Dios nos prohibió matar porque matamos. Sin embargo, ¿cómo acabamos convirtiéndonos en hijos de Caín? Quizá porque al matar simplemente reaccionamos a las apariencias. El asesinato no deja de ser un acto simbólico. Si Caín llegó a levantar su mano contra Abel fue porque no pudo soportar lo que su hermano representaba. Existimos como arrancados del otro. Y esto significa que del otro tan solo tendremos su máscara, el motivo de su orgullo, su provocación. El otro como tal —el otro como extraño— es, sencillamente, intratable, tan fascinante como aterrador. En tanto que trasciende su máscara, un rostro es sagrado. Y no hay nada sagrado en el mundo. Fuimos condenados a las apariencias, al disfraz (y por eso mismo a la soledad). De ahí que el quinto mandamiento sea, en el fondo, una constatación: no puedes matar al otro. Aunque también contiene una promesa: al final, cuando el otro se revele como el que es, no podrás matar. La aparición —la epifanía del rostro— va con la imposibilidad del crimen. Es cierto que, desde nuestro lado, la alteridad solo puede ser pensada como lo que perdimos de vista —como el resto invisible de lo visible—. Y en este sentido decimos que no hay nadie en verdad otro —que no hay, en definitiva, Dios—. Ciertamente, desde nuestro lado no cabe ir más allá de lo que nos parece que es. Pero en verdad hay otro. Aun cuando solo se nos revele a través de la mirada que nos alcanza desde más allá de la presencia. Y nos alcanza porque, de algún modo, nos acusa. Como arrancados, no podemos tener en cuenta al otro. De hecho, nunca matamos a nadie, sino a una rata —a un judío—. Aunque es verdad que, sin el cuerpo que le arrebatamos, el otro deviene un espectro, un fantasma. Ahora bien, si lo real es insoslayable, hay más realidad en el fantasma —en el que fue— que en la evidencia de cuanto podemos ver y matar.

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