Lc 18,8

abril 17, 2019 Comentarios desactivados en Lc 18,8

El que Lucas ponga en boca de Jesús la sospecha de que nadie tendrá ya fe cuando lleguen los tiempos finales (Lc 18,8) debería bastarnos para, al menos, no llenarnos demasido la boca con la palabra Dios. Tan solo Dios sabe hasta qué punto creemos en él. Pues es posible que nuestra fe tenga que ver antes con nosotros, con nuestra necesidad de Dios, que con Dios. Cristianamente, la fe no se entiende como el asentimiento a una serie de proposiciones, sino como la respuesta del hombre a la fe de Dios. La fe no parte, por tanto, de la búsqueda humana de Dios, sino de la búsqueda divina del hombre, por decirlo así. Y esto es, precisamente, lo que no podemos aceptar, sobre todo hoy en día: que haya un Dios que no quiera ser sin nosotros. Un Dios que decide dejarse caer hacia el hombre tarde o temprano termina quebrando los muros de nuestra autosuficiencia. O lo que viene a ser lo mismo, tan solo como débil o impotente puede Dios ir a por al hombre —querer que el hombre responda a su invocación—. Y esto no es, precisamente, lo que el hombre quiere de Dios. En cualquier caso, la fe se da como respuesta a la fe de Dios. Al fin y al cabo, se trata de un confiar —no tanto de un creer en algo como en alguien—. Sencillamente, la fe es el fiat que pronunciamos ante Dios. Pero, como decíamos, ¿quién será capaz de pronunciarlo? O mejor dicho, ¿bajo qué situación?

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