ambigüedad de la caída

abril 19, 2019 Comentarios desactivados en ambigüedad de la caída

Con la caída, fuimos arrancados de la presencia de Dios. Es por esto que Dios deviene el enteramente otro, la alteridad que los mundos tienen pendiente (y por la que el mundo es, precisamente, mundo). Sin embargo, la caída dio pie a un extrañamiento de sí —a una mayor conciencia— y, por eso mismo, a una genuina libertad. Pues la conciencia es, en primer lugar, conciencia de la separación. Y ciertamente la separación es dolor, pero también liberación. A diferencia del chimpancé, el hombre se encuentra a una cierta distancia de sí mismo. De ahí que experimente el afuera (incluyendo el propio cuerpo) como el campo de lo posible. ¿Se trata de una maldición? No lo tengo tan claro. Ciertamente, con la conciencia de sí el hombre cree que la posibilidad es su posibilidad. Y, en este sentido, decimos que existe de espaldas a Dios, sometido a la impiedad. Pero al mismo tiempo, con la caída, el hombre se abre a la posibilidad de responder a la demanda que procede, precisamente, de Dios y no solo reaccionar al clamor con la que esa demanda se expresa, como si simplemente fuéramos máquinas compasivas (aunque solo sea a veces). Somos libres porque somos responsables —porque se nos exige una respuesta y no solo una reacción—. El otro se revela como el que nos acusa donde aparece como el que no aparece, como el que fue sepultado por nuestra voluntad de autosuficiencia. Y ante la acusación no responder es ya un responder. El otro es aquel con el que estamos en deuda, aun cuando como arrancados no nos lo parezca. Al menos porque el otro como tal quedo reducido a impotencia —desplazado a un pasado inmemorial— con el desprecio de Adán. Estamos en deuda —y por tanto, sub iudice— porque Dios se dejó desplazar para que dejáramos de ser unos chimpancés. Con la caída, el hombre es aquel referido al otro avant la lettre y no solo a su imagen, aquella con la que negociamos a diario. Quizá tengamos que leer la caída, no únicamente como maldición, sino como el último acto de la creación del hombre. Como si Dios no quisiera ser sin la respuesta incondicional del hombre, la cual solo es posible, como sabemos, sin Dios mediante, en aquellas situaciones en las que no parece que haya Dios.

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