encuentros en Pamplona

abril 18, 2019 Comentarios desactivados en encuentros en Pamplona

En las charlas que vamos dando por ahí a propósito del tema, observo que hay dos tipos de oyentes. Los que están del lado de la comunión con el fondo nutricio del cosmos, por decirlo así, y lo que están por la transformación del mundo, aunque crean que se trata de un imposible. Las teologías que hay detrás no son, estrictamente hablando, las mismas. Los primeros suelen decantarse por una concepción oriental o pseudo-gnóstica de la divinidad, mientras que lo segundos parten de la indignación bíblica ante el sufrimiento indecente de tantos y, en este sentido, son más sensibles a aquello de Bonhoeffer de que estamos ante Dios, sin Dios. En este sentido, no deja de llamarme la atención que entre el público siempre haya quienes, durante el turno de las intervenciones, manifiesten que se sienten unidos a lo divino hasta el punto de proclamar, no sin provocar mi perplejidad, que son uno con dios. Por lo común, suelen ser mujeres, quizá por aquello de que la sensibilidad femenina, cuando menos tópicamente, es más proclive a la disolución oriental. En cualquier caso, no puedo evitar la impresión de que estamos ante una variante de la negación del principio de realidad, por decirlo a la manera de Freud. Pues el mundo se rige por una lógica dialéctica: hay bien porque hay mal (y viceversa). Sencillamente, si todo fuera luz, no habría luz. Creo que la perspectiva bíblica es más lúcida. Al menos, porque admite que el mal parece tener la última palabra. No es casual que en el libro de Job, la bendición y la maldición terminen mostrándose como las dos caras de una y la misma trascendencia. La vida y el horror se nos dan desde el horizonte de la des-aparición Dios. Es lo que tiene haber sido arrancados de la presencia divina. Desde la óptica del monoteísmo bíblico, el asombro y el escándalo van de la mano. O lo que viene a ser lo mismo, la esperanza y la desesperación son debidas a un Dios que se encuentra en falta o fuera de campo —un Dios que se ofrece como por-venir—. Dios no es, así, la sustancia del mundo —el fondo nutricio al que nos referíamos antes—, sino el quien que los mundos tienen pendiente y por el que el todo no es aún el todo. Para el creyente —para aquel que se encuentra sujeto por entero a la imposible posibilidad de Dios— el mundo pende del hilo de una última palabra, una palabra que nosotros no podemos pronunciar. El hombre, en tanto que arrancado, existe de espaldas a Dios y, por eso mismo, no tiene solución. O mejor dicho, no la tiene desde su lado. El sí no es algo que podamos dar por descontado, aun cuando el creyente viva desde la convicción de que el sí que fue proclamado con anterioridad a los tiempos, como quien dice, y que dejamos de escuchar, salvo como el rumor del espíritu, tras la caída, prevalecerá sobre la negación que divide a los hombres, tanto interiormente como socialmente. Y ello en nombre de la experiencia del don, de una vida que nos ha sido dada desde la nada —el aún nadie— de Dios. El creyente, sencillamente, permanece a la espera, aunque ignore el cómo y el cuándo.

Podríamos decir que, al fin y al cabo, la cuestión que aquí está en juego es nuestra relación con la alteridad tot court. En el caso de la espiritualidad a la oriental —la que defiende una especie de no dualidad, tan en boga hoy en día— no hay propiamente alteridad. En el de la espiritualidad bíblica, es lo único que hay. De ahí que el carácter enteramente otro del otro —su extrañeza— sea, precisamente, lo que siempre se encuentra más allá de las imágenes que del otro nos hacemos, las que incitan nuestro deseo o desaprobación. La extrema trascendencia del otro aparece, por tanto, como lo que no aparece en el aparecer —como el resto invisible de lo visible—, y en este sentido no termina de darse. La naturaleza sagrada —intocable o inaprehensible— del otro se ofrece como indigencia, como un no terminar de ser sin nuestra respuesta a su invocación. Por eso, para una sensibilidad bíblica, lo primero es la llamada —el clamor— que nos arroja fuera de los muros del hogar. El otro interrumpe nuestra existencia como el que nos acusa de impiedad —y, cristianamente, como el que nos acusa con su perdón—. Ante la aparición del intocable —ante su demanda—, el creyente se avergüenza de seguir siendo como antes. Por eso, bíblicamente no hablamos de iluminación —de un ahora caigo en la cuenta—, sino de revelación. Pues la revelación siempre se decide desde el lado del otro. No se trata tanto de un saber como de un responder (y un confiado esperar), no tanto de la felicidad como de la redención, de un ser liberados de nuestra constitutiva impiedad (y aquí la dicha se da, de darse, como un producto lateral). Es verdad que, por detrás de ambas espiritualidades, hay inquietud, la creencia de que existimos en medio de aguas que nos cubren, por emplear la hermosa expresión de Thomas Merton. Y es verdad también que la sensación de formar parte ayuda a superar la soledad que muchos padecen a causa de la vida que nos ha tocado vivir. Pero no es lo mismo creer que la redención se origina en el otro —que nuestra fe es la respuesta a la fe de Dios en el hombre, un Dios que aún no es nadie sin el fiat del hombre— que creer que de lo que se trata es de tomar el sol para sentir que formamos parte de su poder. El Dios bíblico nunca fue homologable al arkhé de los filósofos, ni por supuesto, a la equívoca inmensidad del océano. Pues nadie dijo que las aguas que nos cubren, a veces tan placenteras (de placenta), no terminasen ahogándonos.

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