fijación creyente

abril 22, 2019 Comentarios desactivados en fijación creyente

Un creyente permanece, por definición, fijado a su creencia. En gran medida, es su creencia o, si se prefiere, en su creencia. Sin embargo, esto no significa que el creyente esté atado a la superstición. Pues creer no es lo mismo que idolatrar. La existencia creyente está referida por entero a aquel que no termina de aparecer, aquel que se encuentra más allá de la presencia. El enteramente otro constituye, en este sentido, el principio de integración que impide que la existencia se disperse en los motivos que la distraen, los que nos convierten en reos de nuestra circunstancia. Incluso donde estos motivos exigen de nosotros la mayor concentración (como ocurre en el caso de los juegos que se toman en serio). La concentración —la ocupación en una tarea— no es mucho más que un sucedáneo de integridad. El punto de partida del creyente es, por tanto, el de un comprenderse a sí mismo como arrancado de una genuina alteridad. El otro como tal es aquel que se encuentra eternamente en falta. La eternidad del absolutamente otro es la eternidad de su sustraerse a la presencia. Las imagenes que nos hacemos del otro, aquellas que regulan el comercio diario con quienes nos rodean, pueden darnos la impresión de que estamos ante el otro. Pero se trata de una ilusión. Pues las imágenes son, precisamente, cuanto cabe asimilar del otro. Y asimilar es matar. Donde nos hacemos una imagen del otro, el carácter otro del otro ha dado un paso atrás. Ahora bien, en el momento que el creyente se pregunta por la adecuación de su creencia —una vez tematiza su creencia como representación problemática— deja de ser creyente para situarse en la posición de quien decide sobre la verdad de sus contenidos mentales. Desde la óptica de este último, lo primero no es un encontrarse ante el exceso de la alteridad, sino ante su representación de dicho exceso, y, por eso mismo, para él no puede haber otra verdad que la que se entiende como correspondencia entre la idea que nos hacemos de los hechos y las hechos. Sin embargo, el otro como tal, en tanto que se revela como el resto invisible de lo visible, nunca podrá darse como el objeto de una representación mental. La verdad aquí, antes que adecuación, es acontecimiento, aquel por el que el otro tiene lugar como el que no termina de tener lugar. El otro como tal no posee la entidad de cuanto puede ser tomado o percibido. De ahí que haya más realidad en el fue que en lo que pueda ser indicado —en lo perdido que en lo poseído—. La alteridad del otro es para el hombre un eterno por-venir. Es lo que tiene el haber sido arrojados a la existencia: que no podemos evitar comprendernos, salvo olvido o ignorancia, como los que dependen, en un sentido muy elemental, de aquel cuya desaparición hizo posible nuestro estar en el mundo. El creyente, antes que pensarla, sufre la ausencia del otro, lo cual da pie tanto al asombro como a la inquietud, por no decir al escándalo. Al fin y al cabo, es posible que el ateísmo sea un error. Como lo es también la creencia en fantasmas. A menos que el fantasma sea esa voz espectral que, precisamente porque aún no es nadie, invoca al hombre desde un pasado inmemorial para, precisamente, llegar a la presencia.

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