comprender el sentimiento religioso

mayo 21, 2019 Comentarios desactivados en comprender el sentimiento religioso

Hay que ponerse en la piel de los antiguos, para entender de qué va esto de la religión. Pues no va simplemente de encontrar la fuente de la salud del alma (y de paso conectarse con ella). Para esto basta con la filosofía, la cual en su origen fue algo así como la lucidez que nos eleva por encima de cuanto pueda sucedernos. El punto de partida es el sentimiento de estar en manos de poderes superiores, apunten o no a la existencia de seres de otro mundo con los que sería posible pactar. Y, ciertamente, no es este nuestro punto de partida hoy en día. Ahora bien, no porque no hayan fuerzas extraordinarias, sino porque estas son, al menos por defecto, técnicamente dominables —y si no lo fueran, no por eso creeremos que nos hallamos ante un dios, esto es, ante el paradigma de una vida plena. Pues, desde la óptica religiosa, solo un dios es en realidad —por su poder o esplendor. Sin embargo, aunque de entrada ya no nos comprendamos a nosotros mismos como criaturas —aunque, y en gran medida debido a la herencia de Atenas, creamos en la posibilidad de la autosuficiencia—, podemos aún conectar con la sensibilidad religiosa de los antiguos a través de nuestras fantasías. ¿Acaso en lo más recóndito no aspiramos a encontrarnos con alguien cuya mirada sea pura e irresistible —alguien, estrictamente, sobrehumano? Quizá. No obstante, es posible que, en el caso de que apareciera, ni siquiera nos atreviésemos a abrazarle. Probablemente, bajaríamos nuestra mirada, pues no podríamos soportarlo. Pero ¿y si fuera él —o ella— quien nos abrazase? Si quisiéramos seguir en pie —si quisiéramos salvar nuestra autonomía— ¿acaso no nos veríamos forzados a decirnos que no puede ser verdad, que se trata de una ilusión o una máscara, que en definitiva no es posible que haya Dios? ¿Acaso no le buscaríamos la tara que nos permitiese retroceder y, así, ponernos a salvo? Puede que Nietzsche tuviera razón al sentenciar que los dioses no pueden existir, pues de lo contrario no podría soportar no ser un dios. Ahora bien, lo que no vio Nietzsche es que, siendo coherente con lo anterior, el resentimiento cristiano no se dirige tanto contra el noble, sino en última instancia contra el dios. De ahí que Dios tuviera que morir colgando de una cruz para que pudiéramos tolerar la idea de Dios —y a la vez desembarazarnos de él. Como si Dios hubiera decidido ponerse en nuestras manos para liberarnos de nuestra atávica fijación a un dios.

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