la educación como política

mayo 23, 2019 Comentarios desactivados en la educación como política

Como decía Marshall McLuhan, el medio es el mensaje. O al menos, determina el modo en que este se percibe. Así, como es sabido, un reportaje televiso sobre la guerra del Sudán puede, sin duda, impactarnos, pero difícilmente iremos más allá, si seguimos colgados del televisor, pues lo probable es que, antes y después, hayan programas de entretenimiento. E incluso si solo viéramos el reportaje. Pues la dispersión es el efecto colateral de quien ve el mundo desde la silla del espectador. Las cosas pasan ante ti y nada tiene lugar. No obstante, que el medio sea el mensaje también podríamos decirlo a propósito del medio escolar. La escuela es una fábrica —y, sobre todo, una cancha disciplinar. Como estudiantes, hemos de sufrir una materia tras otra durante unas seis horas diarias. De lo que se trata es de tragar conocimientos para pasar un examen y, principalmente, estar ahí sentados… sin apenas moverse. Ciertamente, hay un margen para el aprendizaje. Hay materias que nos interesan —y nos forman— más que otras. Mejor dicho, hay profesores y maestros. Recordamos a los segundos. No tanto a los primeros. Y los recordamos, no por lo que nos dijeron, sino por lo que representaron. Aquí alguien podría decirnos que educar en la disciplina es importante, ya que de lo contrario difícilmente llegaremos a forjar una voluntad. Pero una cosa es la disciplina que va con la genuina libertad y otra un regimen disciplinar. Si nos ponemos a especular, probablemente, llegaremos a la conclusión de que acaso no sean necesarias tantas asignaturas —que quizá baste con las letras y las mates, por decirlo así—; de que quizá sea suficiente con promocionar la inteligencia y las actitudes. Que configurar un carácter quizá no exija necesariamente trabajar en una nave industrial. Que hay que modificar los espacios del aprendizaje. De acuerdo. Sin embargo, ante el ideal podemos estar tentados de imponerlo contra viento y marea. Como si tan solo fuera cuestión de cambiar las estructuras para que cambie el hombre, en este caso, el alumno. Como si no hubiera pecado original. Y el pecado original, en este caso, es que los chicos no están especialmente interesados en aprender; en cualquier caso, inicialmente sienten curiosidad, pero no un verdadero interés. Pues para este último hace falta una musculatura… que nadie posee de entrada. Donde tan solo priva la curiosidad, tarde o temprano acabamos tirando la toalla. Quien únicamente siente curiosidad va de oca en oca (y tiro porque me toca). Para provocar un interés es necesario el saber y la pasión del maestro (y preservar institucionalmente una cultura del esfuerzo que va con el cultivo de una verdadera pasión). La intervención puntual del instructor de aprendizajes autónomos (que es lo que ahora se lleva) puede que sirva en una autoescuela, donde al fin y al cabo uno intenta aprender a manipular un artefacto, pero no si se trata del despertar. La tentación de la pedagogía progresista es la del whisful thinking, la de creer que el alumno ya posee un genuino interés porque debería poseerlo. A la pedagogía progresista le falta lucidez y, por eso mismo, sentido de lo político. Pues la política comienza donde nos preguntamos por las posibilidades de un ideal, lo cual no significa caer en el posibilismo, sino tener en cuenta de qué pasta estamos hechos. De ahí que dicha pedagogia probablemente termine, contra su intención primera, siendo más elitista, si cabe, que la tradicional. Pues donde el alumno tiene demasiada libertad de movimientos, por decirlo así, la escuela no tendrá recursos —ni legitimidad—para tirar del que prefiere seguir jugando.

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