en la mente del asesino

mayo 24, 2019 Comentarios desactivados en en la mente del asesino

Los abogados penalistas —los confesores— pueden llegar a comprender al criminal que defienden, por no hablar de la empatía que acompaña a la comprensión. Detrás de cada criminal —o casi— hay una historia, una biografía, un contexto, puede que incluso una malformación cerebral, que fácilmente nos empuja a apiadarnos de él. Uno, al fin y al cabo, no deja de ser en gran medida un producto de su circunstancia. En la intimidad, podemos entender a cualquiera. Esto viene al caso, por aquella madre que, recientemente, mató a su hijo de seis años… con el propósito de llevarlo al cielo. Quizá la pregunta no sea cómo fue posible, pues todo admite una explicación, sino si podemos llegar a abrazarla. Y como acabamos de decir, podemos hacerlo… aun cuando no sea políticamente correcto hacerlo demasiado. Ahora bien, lo cierto es cuanto mayor sea el grado de comprensión, mayor será nuestra predisposición a la disculpa (literalmente). Y es aquí donde nos preguntamos por el límite de un comprender lo espontáneamente incomprensible. Hay una línea roja que separa la comprensión que tiende a la disculpa de aquella que, a pesar del abrazo, no la admite. Y la hay porque esta línea roja no se decide desde el lado de quien comprende al asesino, sino desde el de la víctima. La línea roja no se dibuja solo porque nos preocupe el orden social o lo socialmente conveniente. Para dibujarla tan solo basta ponerse en la piel del niño que fue asesinado por su madre… en el momento en que esta le asestaba los golpes mortales: mi madre quiere matarme. Hay que escuchar la petición del hijo —¡para mamá, para mamá!— para saber de lo que estamos hablando. Aquí, sencillamente, se interrumpe cualquier intento de ahorrarle la culpa a esa madre, más allá de lo legal. Y se interrumpe porque la pregunta no es si pudo evitar lo que hizo. La madre sigue siendo culpable, incluso en el caso de que no hubiera podido evitarlo. Y lo sigue siendo en nombre del hijo al que mató. Únicamente, el clamor de la víctima —un clamor casi espectral— nos libera, al obligarnos a responder, de nuestra sujeción a la propia biografía. Su clamor es su demanda, en el doble sentido de la expresión. Somos libres porque el otro como tal —ese indigente— nos acusa de nuestro estar centrados en lo nuestro; porque, en definitiva, dicha acusación nos obliga a responder, al margen de cual pudiera ser nuestra reacción inicial. La madre, probablemente, se dejó llevar por su delirio como si fuera una bola de billar (y esto quizá la absuelva legalmente). Pero la madre es culpable, a pesar de lo dicho, porque entre el delirio y su consumación media un hiato, el que hizo posible la aparición del hijo momentos antes de morir. Esto me recuerda a aquello que decía Jean Améry a propósito del alemán que le torturó sin piedad durante la segunda guerra mundial: que tiene que condernarlo, precisamente, para restituirle la humanidad que perdió al torturarlo. Pues aquí la condena, en tanto que se concreta ante una víctima que ya no es capaz ni siquiera de condenar, no obedece al impulso de venganza, aun cuando algo de esto pueda haber, sino al amor del padre, por decirlo así. No es casual que Jean Améry fuera judío, aunque no creyente. Acaso la expiación sea nuestra última oportunidad. Y más si esta obedece a un perdón inmerecido.

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