Dios huele mal

junio 12, 2019 Comentarios desactivados en Dios huele mal

No hay que olvidar que Jesús nació en un establo. Y un establo huele a vaca, mejor dicho, a excremento de vaca. Como es sabido, el odio al cuerpo no es tanto un producto cristiano como griego. Para los griegos, que la materia sea inferior al espíritu no es una especulación, sino un dato. Hay que ponerse en la piel de los antiguos para comprender de qué va el asunto. Un cuerpo se sufre —un cuerpo se degrada. Hoy, al menos en Occidente, y si tienes suficiente dinero, es difícil sufrir los inconvenientes del cuerpo. Tenemos cirugía, paliativos, remedios. También gimnasios y dietas milagrosas. La belleza ya no es una excepción —un signo de otro mundo. No fue así para los antiguos. No es casual que la elevación —la libertad— se entendiera como una victoria sobre el cuerpo, al fin y al cabo, como un estar por encima de cuanto pudiera sucedernos corporalmente. La libertad fue, antes que nada, una liberación de las ataduras de la materia. En este sentido, podríamos entender la libertad de Dios como aquella que defendieron los cínicos. Pues para Diógenes y compañía, uno solo se libera de las imposturas de la cultura donde es capaz de defecar en público. Como si fuera un perro, el cual no parece que se avergüence de nada. De hecho, la encarnación no deja de ser una degradación. Dios no quiso ser sin cuerpo —Dios quiso ser un sinvergüenza. Y un cuerpo, tarde o temprano, termina oliendo mal. En el caso de Dios, comenzó oliendo mal. De ahí que los antiguos griegos, siendo consecuentes, no dudaran en decir que aquel que murió como un perro en modo alguno podía ser un dios. Y no les faltó razón. Pues Dios, en verdad, nunca quiso ser un dios. No hay que haber leído a Feuerbach para poner contra las cuerdas a la religión. Basta con ser cristiano.

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