sobre el romanticismo

junio 13, 2019 Comentarios desactivados en sobre el romanticismo

¿De qué va esto de la relación romántica? Pues de todo, menos de romántica. Al menos de entrada. El romanticismo no deja de ser la excusa o el motivo que encubre lo que sucede inicialmente entre un hombre y una mujer. El amor tiene sus fases. Primero, te atrae, se supone, la imagen del otro, su aspecto. Literalmente, te encanta. Luego, comienza el tanteo —nos ponemos a tiro. En principio, diríamos que se trata de conocerse mejor, de confirmar nuestra primera impresión: que estamos hechos el uno para el otro. De acuerdo. Sin embargo, por poco que pensemos nos daremos cuenta de que más bien se trata de testar el producto. Las discotecas, los bares musicales —las fiestas del pueblo— no dejan de ser mercadillos. No es casual la ansiedad de muchos chicos y chicas (sobre todo chicas) por estar bien posicionados, por brillar. Y puesto que se trata de comprar, en las primeras citas llevamos encima esa libreta en la que vamos puntuando al otro, una libreta que, obviamente, no mostramos. Pues el juego se interrumpiría si lo hiciéramos. Ciertamente, los ítems pueden variar de un sexo a otro (que si la belleza, la simpatía, la inteligencia, la bondad o la posibilidad de ser un buen padre o compañera..). Pero una cosa no quita la otra. Si la suma es lo suficientemente alta, entonces se efectúa el check-in. Esto es así, a menos que no sepas dónde caerte muerto o muerta. En ese caso, cualquier sapo vale. Y aquí los mitos cumplen su función —el de la bella y la bestia para ellas; el de Pygmalion para ellos— al permitirnos creer que el amor o la educación ya transformará al sapo en príncipe o princesa. Sea como sea, al final, si la relación es satisfactoria, se cierra el trato. Luego viene la convivencia, el día a día. Y aquí uno entra en contacto con la sombra que siempre acompaña al paternaire. El nuevo iphone tiene tara. Y puesto que no dejamos de ser consumidores —uno es en gran medida lo que habitualmente hace— la tentación es la de devolver el producto. No es fácil. Pues, como sabemos, el roce hace el cariño. De ahí que surja el típico impasse del ni contigo, ni sin ti. Ahora bien, a menos que el error haya sido de bulto, lo más probable es que con el nuevo producto vuelva a repetirse la historia. De ahí que el destino de quienes no salen del super sea la resignación. Sencillamente, con el paso de los años dejamos de tener, salvo excepciones, la capacidad de compra que tuvimos en un principio. Y una vida resignada no es como quien dice una vida que merezca ser vivida.

Sin embargo, de lo dicho hasta ahora no se desprende que el amor sea una ilusión. La ilusión —el espejismo— más bien consiste en creer que el amor no es más que una pasión. Hay que ser muy estúpido —y la publicidad, por decirlo así, nos convierte fácilmente en estúpidos— para creerlo. De hecho, el amor, de haberlo, es lo que viene después. Estrictamente, un ave fénix o si se prefiere, una resurrección. El amor está hecho con los mimbres de la reconciliación y de la deuda, cuando menos porque uno no deja de estar en deuda con el aquel a quien ama. Amar es, en gran medida, un responder a la donación. Y pocos son los que viven la vida desde la óptica del don. Quien ama juega en otra liga que la de quien tan solo va de compras. Los amantes tienen, sin duda, sus grandes momentos, aquellos en los que su unión los arroja fuera del mundo. Pero, tarde o temprano, se hace presente el hiato. Y con el hiato hay que contar. Para el amor hace falta un cierto carácter, ya que de lo contrario difícilmente se producirá el encuentro. Al menos, porque el encuentro, en tanto que salva la distancia sin anularla, exige disponer de una buena musculatura. Nadie dijo que vivir fuera fácil. De hecho, la felicidad, antes que un chute emocional, es un saber vivir. Y el saber propio del saber vivir no te lo proporciona Instagram. Con respecto al amor, hay que saber jugar. Y forma parte del juego emplear la grandes palabras antes de tiempo. El amor siempre se declara sin que haya efectivamente amor. Pero tiene que ser así para que pueda darse el amor. Nos equivocamos, por tanto, al dar por sentado que donde aparece el desencuentro, desaparece el amor… cuando es su condición de posibilidad. Aunque también es cierto que hay desencuentros irreparables. La tara puede ser fatal. En cualquier caso, quien sabe vivir sabe ver cuándo la situación exige un cortar por lo sano o, por el contrario, una mantenerse fiel a la promesa. Y esto, como acabamos de decir, no es nada fácil. Lo fácil es dejarse llevar por la inercia de los días.

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