la rareza cristiana

junio 20, 2019 Comentarios desactivados en la rareza cristiana

A veces, uno está tentado de creer que el cristianismo ha sobrevivido históricamente gracias a sus contradicciones. Pues, debido a la tensión interna de su confesión central, al cristianismo se le puede hacer decir casi cualquier cosa. La cristiandad fue algo así como la matriz en la que muchos pudieron encontrar un hueco. Y es que no es fácil saber de qué estamos hablando cuando nos referimos a un Dios hecho hombre (y menos cuando ya hemos perdido de vista que significa realmente la palabra Dios). De ahí que la pregunta por el genuino cristianismo sea una constante en la historia de la cristiandad, una constante que encuentra su máxima expresión en la lucha contra la herejía. Ahora bien, la herejía es la manera más razonable de entender la encarnación —y quizá, por eso mismo, un malentendido. Pues que Dios se hiciera hombre no significa ni que Dios adoptara el aspecto del hombre con el propósito de indicarnos el camino de la redención, ni que Jesús fuera un hombre exaltado a la condición divina como premio a su ejemplaridad. Ambas soluciones mantienen al cristianismo dentro de los presupuestos de la religión, aquellos en los que Dios y el hombre se encuentran cada uno en su mundo, aun cuando puedan haber vasos comunicantes. O por decirlo con otras palabras, la herejía, al mantenerse dentro del marco de la religión, disuelve como azúcar en el café el potencial revolucionario del cristianismo. Sin embargo, lo cierto es que el cristianismo sobrevive históricamente al tolerar de facto las herejías que de iure condena. Tampoco pudo ser de otro modo. Al menos, porque la práctica devocional exige por lo común aceptar implícitamente la herejía. La tensión interna del kerigma cristiano solo se preserva en el territorio, inaccesible para la mayoría, de la teología. Únicamente en el interior de la reflexión se hace patente dicha tensión. Y es que cuando nos preguntamos de qué estamos hablando cuando hablamos de la humanidad de Dios surge la dificultad. ¿Cómo Dios pudo caer como hombre y seguir siendo Dios? ¿Cómo podemos confesar a Jesús como Dios mismo en persona sin que deje de ser un hombre? Tan solo donde Dios es un Dios que aún no es nadie sin la fe del hombre —tan solo donde su esencia o modo de ser está históricamente por concretar— la confesión cristiana es inteligible, aunque al precio de abandonar el prejuicio religioso. Que Dios no quiera ser sin el hombre —y que el hombre deambule por el mundo como un espectro mientras no sepa quién es su Padre— constituye el nervio de la confesión cristiana (y el motivo de la tensión inherente al kerigma). Jesús es Dios verdadero y hombre verdadero porque Dios, tras la caída, tenía pendiente su quien, su volver a reconocerse en el hombre (y, por eso mismo, llegar a ser el que es). Sencillamente, Jesús es el quien de Dios —su modo de ser—, aunque al igual que Dios, mejor dicho, el Padre es el yo que difiere eternamente de aquel con quien se identifica y que, por eso mismo, permanece siempre más allá. Así, hablar de encarnación es lo mismo que hablar de la reconciliación entre Dios y el hombre. Ahora bien, se trata de una reconciliación que tuvo lugar en el centro de la Historia (y sobre la cima de un calvario) y por la que tanto el hombre como Dios llegaron a ser lo que fueron en un principio, esto es, con anterioridad a los tiempos. No estamos, por tanto, ante una reconciliación que pueda entenderse como encaje —como si se tratara simplemente de poner los dedos en el enchufe adecuado. Donde prescindimos de la dimensión histórica de la naturaleza de Dios, el cristianismo renuncia a su rasgo distintivo —a su carácter revelador— convirtiéndose en una religión entre otras. Y puestos a optar, hay religiones —o si se prefiere, espiritualidades— que resultan más digeribles hoy en día.

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