el capitalismo como estafa

junio 23, 2019 Comentarios desactivados en el capitalismo como estafa

Quizá fuera simplificar demasiado las cosas, pero no andaríamos muy errados si concibiéramos el capitalismo actual como una enorme estafa. Es lo que tiene un sistema cuyo progreso se basa en financiar las inversiones actuales, no con el ahorro disponible, que siempre es escaso, sino con dinero del futuro —dinero que aún está por ver. Esto es, con deuda. Literalmente: el banco nos presta el dinero que le devolveremos —eso sí, con un plus— al cabo de un tiempo. Y nos lo presta sin tenerlo. No está mal como negocio. Así decimos, técnicamente, que el dinero-deuda es dinero fiduiciario (dinero en con-fianza), pues el que pueda funcionar como medio de cambio depende de que confíemos en que lo prestado será devuelto. El dinero, por sí mismo, carece de valor. Vale lo que podamos canjear por él. Nadie quiere tener dinero por tenerlo, sino para poder hacer uso de él cuando convenga. Si el dinero perdiese su poder de compra, debido por ejemplo a la hiperinflación, entonces nuestros billetes se convertirían, nunca mejor dicho, en papel mojado. Un banco, de hecho, concede simplemente permisos de compra… a cambio, precisamente, de dinero en efectivo —o siendo más técnicos, a cambio de un apunte contable que debería poder transformarse en efectivo (liquidarse) con facilidad. La ficción monetaria consiste en gran medida en creer que tenemos el dinero que que el banco nos presta, cuando lo que tenemos aún no es propiamente dinero, sino un simple permiso de compra. En este sentido, suele decirse que los bancos crean dinero de la nada. Sin embargo, lo que crean son medios de cambio, pues la deuda que emiten como si fuera dinero no es dinero real hasta que no se cancela. De hecho, que la deuda no es estrictamente hablando dinero resulta obvio si tenemos en cuenta que esta debe liquidarse, en última instancia, con dinero. Como decíamos antes, la deuda que emite un banco funciona como dinero —estrictamente como medio de cambio— mientras confiemos que será cancelada. Es como si el banco a la hora de conceder un crédito extendiera un pagaré a tu nombre a cuenta de los rendimientos futuros. El banco no presta el efectivo que los ahorradores depositaron previamente en el banco, sino que simplemente realiza un apunte contable. Este efectivo tan solo debe respaldar las posibles demandas de liquidez (y aquí las cantidades son proporcionalmente insignificantes… siempre y cuando los depositantes sigan confiando en la solidez del banco —o, como es el caso hoy en día, en las garantías que ofrece el Estado a través del fondo de depósitos). El prestatario pasa a tener automáticamente en su cuenta corriente la cantidad de dinero que figura en esa anotación, dinero que puede utilizar para comprar bienes de equipo, una nueva casa o un coche. Por definición, la demandas de dinero contante y sonante, aquel con el compramos el pan o la prensa, se cubren con los ahorros líquidos, esto es, con el efectivo de los depósitos, aunque la cosa en la práctica es un poco más sofisticada. Pero, en cualquier caso, esto último no quita que la deuda, tarde o temprano, tenga que ser liquidada (pues donde creamos que no va a poder liquidarse ese pagaré deja de funcionar como medio de cambio: nadie se fía). Ahora bien, como es sabido el truco de la banca—el negocio— consiste en conceder más créditos que ahorros disponibles, hasta el punto de que actualmente el dinero líquido constituye el uno por ciento, aproximadamente, del total del dinero en circulación (y de ahí que la banca privada por lo común atienda las demandas de liquidez pidiendo prestado efectivo al Banco Central). El truco funciona porque las demandas de liquidez son en proporción ridículas, aunque no nos lo parezca. Y más cuando la mayoría funciona con tarjetas de débito (por no decir de crédito). En los manuales de economía, se suele definir a los bancos como intermediarios entre el ahorro y los inversores o consumidores. Esto, sencillamente, no es cierto. Lo fue en los inicios. Pero pronto dejo de serlo. Los bancos más bien generan deuda que funciona como medio de pago, la cual, sin duda, contribuye al crecimiento económico, pero que constituye un riesgo sistémico, sobre todo, si tenemos en cuenta que el dinero que cancela la deuda es, en la mayoría de los casos, deuda emitida por otro banco. Una vez las transacciones económicas se llevan a cabo por medio de apuntes contables la liquidez es lo de menos. Así, que la deuda pueda funcionar como dinero —que haya dinero en circulación— depende de que la banca pueda cuadrar sus apuntes contables.

Para entender lo que acabamos de decir hay que tener en cuenta la diferencia entre un pasivo bancario y un activo. Los depósitos bancarios son un pasivo —una deuda— para el banco. Simplemente, el banco nos debe el dinero que depositamos en una cuenta. El activo bancario —lo que el banco posee— es, en cambio, el crédito que concede (y aquí estamos simplificando, pues el banco también dispone de capital propio, principalmente el de sus accionistas). Ahora bien, el riesgo que el banco asume tiene que ver con que las deudas que contrae —los depósitos— son a corto plazo, pues los depositantes pueden liquidar sus cuentas en cualquier momento, mientras que sus activos —los créditos concedidos— son a largo. De ahí que el banco pueda encontrarse en una situación en la que no disponga de activos suficientes para saldar sus deudas. Esto ocurre cuando una buena parte de los créditos —del dinero emitido— no pueden devolverse. Entonces el banco quiebra. Y si quiebra, el dinero desaparece por arte de magia… de hecho, el mismo con el que se creó. En la economía deja de haber el dinero que había. Y cuando no hablamos de unos cuantos miles de euros o dólares —o millones—, sino de cientos de miles de millones, por no decir billones, tiene lugar una crisis sistémica. Aquí alguien podría decir que si falta dinero, los bancos centrales podrían imprimirlo. Y, de hecho, es lo que hacen, aunque indirectamente. Sin embargo, el peligro de imprimir dinero a mansalva es el de la hiperinflación, esto es, el del desastre. No hay economía que sobreviva a la hiperinflación. Pues cualquier estudiante de economía sabe que el dinero ha de ser relativamente escaso para que pueda haber un sistema de precios y, en definitiva, un mecanismo de distribución de lo producido. Si no lo fuera, entonces el precio de los bienes y servicios podría ser cualquiera. Y si es cualquiera, entonces el dinero deja de tener valor. El valor de una moneda depende, como decíamos, de lo que puedas comprar con ella. Un dólar tiene el valor de un Big Mac, pongamos por caso. De ahí que su valor esté relacionado con los bienes y servicios que una economía produzca. Si los billones de dólares impresos por los bancos centrales durante la crisis de las subprime no han generado la hiperinflación que podría haber generado es porque ese dinero se ha destinado, no a la economía real, sino a la financiera. Por decirlo a lo bruto, se han impreso compromisos de deuda para cancelar deuda. Tan solo hemos retrasado el reloj. Y ahora biene lo interesante. Si una buena parte de los créditos no pueden devolverse es porque la economía no fue capaz de producir el valor que se corresponde con el dinero creado de la nada. Esto es, el banco emitió un pagaré a nombre del prestatario a cuenta de una producción futura… que no se ha realizado. Es por esto, que los economistas modernos insisten en el mantra del crecimiento económico. Si no producimos cada vez más —si la economía se estanca—, la economía basada en la creación de dinero de la nada se hunde. Y puesto que el crecimiento tiene un límite —y hoy en día un límite ecológico—, la crisis del capitalismo es prácticamente inevitable.

Podríamos decir que el capitalismo actual funciona por medio de un esquema Ponzi, en realidad un negocio piramidal —y de ahí lo de la estafa—. Ponzi fue un estafador de la primera mitad del siglo XX. Ponzi creó un fondo de inversión que prometía —e inicialmente daba— rendimientos notablemente superiores a la media, con lo que atrajo a una gran cantidad de inversores. Cualquiera que tenga una mínima idea de cómo funciona una economía, sabe que un rendimiento espectacular tiene que estar, casi por definición, bajo sospecha. Sin embargo, si pudo erigir la pirámide es porque Ponzi efectivamente cumplió con su promesa. Al menos, durante los primeros años. Ahora bien, si inicialmente pudo cumplirlas es porque esos rendimientos no eran el fruto de inversiones afortunadas, sino que procedían de las aportaciones de las últimas oleadas de inversores. Esto es, Ponzi pagaba a los primeros con los depósitos de los segundos. Y así sucesivamente. Ingenioso. De hecho, el esquema Ponzi es un habitual de las economías desarrolladas. Nuestra seguridad social se ajusta, por ejemplo, a este esquema. Sin embargo, como fácilmente podemos ver, este modo de proceder se derrumba como un castillo de naipes cuando dejan de haber nuevas aportaciones. Llega un momento en que los Ponzi de turno no pueden hacer frente a las deudas que contrajeron con sus inversores —y en el caso de la banca esto ocurre cuando los créditos insolventes se multiplican exponencialmente… cosa que ocurre tarde o temprano, pues una economía no puede crecer al ritmo que crece actualmente la cantidad de dinero en circulación: cuando llega este momento, la banca no puede cubrir sus pasivos (su deuda con los depositantes) con las aportaciones de sus activos crediticios—. Y esto no se soluciona con más regulación, pues donde abunda la regulación financiera, abunda la banca en la sombra. Ni tampoco nacionalizando la banca, pues las burocracias no suelen ser buenas asignando recursos. Quizá, como defiende Mervin King, entre otros, aumentando significativamente el coeficiente de reservas, con lo que se limitaría la cantidad de dinero que el banco puede prestar. Pero eso implicaría pagar el precio de una notable contracción de la actividad económica a corto plazo, precio que ningún gobierno democrático está dispuesto a pagar. Puede que estemos en un momento en que sea necesario pensar la relación entre el capitalismo —junto a sus crisis sistémicas— y la democracia. Sin embargo, esto exige algo más que coraje intelectual. En cualquier caso, y volviendo al asunto, podemos de momento cancelar nuestras deudas con más deuda. Y esto es lo que se hace por lo común, chutar el balón hacia adelante. Pero esto es lo mismo que decir que los bancos no pueden quebrar sin que todo lo sólido se desvanezca en el aire, como dijera el viejo Marx, aunque ahora esta solidez sea la del capitalismo y no la del orden feudal (y sus férreas instituciones). Al menos, porque el balón se convierte en un balón de plomo en el momento en que las previsiones económicas dejan de ser optimistas. De ahí que la solución habitual a las quiebras bancarias —los famosos rescates— suponga un aumento significativo de la desigualdad. Pues, además de emitir nueva deuda, los estados rescatan a los bancos recurriendo a fondos públicos, fondos que no pueden ser ya destinados a las políticas sociales (ni a la inversión en I+D, etc). Y tiene que ser así, al menos porque hay que cancelar parte de la deuda insolvente para recuperar la confianza. De ahí que el estado cree bancos malos con el propósito de comprar casi a fondo perdido, como quien dice, la deuda que la banca privada no va a poder cobrar. Es verdad que los accionistas de la banca podrían asumir las pérdidas (como ocurre en la bolsa) y cubrir con su capital el descubierto bancario. Pero debido a que el capital propio tan solo es una parte del conjunto de los activos bancarios, la mayoría de los cuales son créditos, no hay capital que pueda hacer frente a un quiebra. Aquí alguien podría sugerir que se obligara a los bancos a aumentar significativamente el capital propio. Y esto es lo que se pretendió con la emisión de las preferentes, de infausto recuerdo. Pero si el negocio pasa por el crédito, difícilmente alguien va a invertir en una banca que esté obligada por ley a tener más capital que activos crediticios. No parece, por tanto, que el capitalismo pueda salir del lío en el que se ha metido.

Ciertamente, las cosas son un poco más complicadas, pues la deuda que, por un lado, la banca emite como medio de pago pasa a ser, por otro, un ingreso, y consecuentemente una deuda que la banca contrae con el nuevo depositante. El que se compra una casa a crédito, pongamos por caso, paga al constructor o al antiguo propietario con ese crédito… que, a su vez, se ingresa en una cuenta, ingeso que apuntala, por decirlo así, la concesión de nuevos créditos. Pero esto último no cambia el paisaje, sino que tan solo nos obliga a dibujarlo con más detalle. Y es verdad que, cuando lo hacemos, ocurre aquello de que los árboles no nos dejan ver el bosque. De ahí la necesidad de coger, de vez en cuando, el rotualdor grueso. Pues una caricatura suele decir más que un selfie.

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