Rousseau

junio 22, 2019 Comentarios desactivados en Rousseau

Desde los tiempos de Rousseau, o incluso antes, el individuo occidental experimenta una cierta fascinación por el aborigen. Y de ahí a mitificarlo hay un paso. El buen salvaje no solo vive en paz consigo mismo y con su entorno, sino que también posee una profunda (y secreta) sabiduría. Así, para el aborigen australiano, todo está conectado. Según crezcan los árboles, habrá o no buena pesca. Si tratas bien la tierra en la que habitas, la tierra te dará sus frutos. Simple. El buen salvaje existe en comunión con la naturaleza… y nosotros hemos devastado su mundo con la excusa del progreso. Estamos, sin duda, en las antípodas del mito bíblico del arrancado. Pues desde su óptica, no dejamos de ser hijos de Caín. El relato del buen salvaje sobrevive de algún modo en las espiritualidades de corte gnóstico, las cuales suponen una bondad de fondo que solo puede ser liberada —y tiene que serlo— haciendo lo debido. Sin embargo, para la fe bíblica, el hombre, mientras confíe en su capacidad, no tiene remedio. Tan solo Dios puede rescatarlo de su inclinación a la impiedad, a ocupar el lugar de Dios. La cuestión, sin embargo, es qué mito es más verdadero. Y uno no puede dejar de sospechar, cuando menos, que somos tremendamente frágiles, sobre todo si tenemos en cuenta con qué facilidad nos convertimos en psicópatas, una vez ceden los muros del hogar. No parece que seamos buenos por naturaleza, ni tampoco estrictamente malvados (aunque cuando topamos con el lado oscuro de la existencia no podamos evitar la impresión de que la bondad es una máscara). Más bien parece que estemos expuestos a una lucha de dimensiones cósmicas entre las fuerzas del bien y el mal. Para el mito roussoniano, el aborigen no sufre la tentación del poder —la de ser como Dios—. Según Rousseau et al. no hay algo así como una culpa original. Y esto quizá sea pecar de ingenuo. En cualquier caso, la bondad es una posibilidad del hombre. Ahora bien, de ello no se desprende que la realización de esta posibilidad dependa solo de nosotros. De hecho, nadie puede optar por la piedad, si no es respondiendo a la invocación —y, en último término, al sacrificio— del otro, aquella que procede del más allá de sí mismo, de su ser-nadie. Ciertamente, desde nuestro lado solo cabe una disyuntiva. O la polis, como creyeron los griegos, es la que nos educa, conformando nuestro rostro más amable, o bien pervierte nuestra bondad originaria al convertirnos en mónadas (y de ahí que el horizonte humano por excelencia sea el de la utopía de una polis justa). Pero acaso la última disyuntiva sea la que se nos plantea desde el lado de Dios: o respondemos a su entrega —a su renuncia a la divinidad, por decirlo así— o seguimos golpeando el clavo (y, por tanto, no hay salvación).

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