el ateo y el creyente

julio 19, 2019 Comentarios desactivados en el ateo y el creyente

No solo el ateo se encuentra en la otra orilla del homo religiosus. También el creyente. Ambos equidistan por igual de aquellos a los que les van las cosas de Dios. Ambos parten de una misma situación, aunque luego guarden entre sí una cierta distancia. El homo religiosus vive en la convicción, aún sin tensar, de que vivimos rodeados de una presencia invisible, presencia de la que depende una vida saludable, por decirlo así. En cambio, para el ateo y el creyente el punto de partida es la ausencia de Dios. Tanto el ateo como el creyente están de vuelta, como Yuri Gagarin después de darse un garbeo por el espacio: no parece que haya Dios. Y no lo parece sobre todo si tenemos en cuenta el horror. Una vez hemos pisado el infierno, aunque sea a través del testimonio de quienes lo han sufrido en sus carnes, resulta difícil seguir creyendo en la existencia de un mega-ángel de la guarda. Quienes fueron gaseados en los campos de la muerte ¿tuvieron simplemente un mal karma? ¿O es que Dios les abandonó porque no hicieron los deberes? Por poco sensibles que seamos a lo que ocurre tras los muros del hogar —una hogar es una ficción—, fácilmente constataremos que a los verdugos les va mejor que a sus víctimas. Las víctimas, sencillamente, no cuentan para nadie. No en vano George Büchner escribió, en plena modernidad, aquello de que el sufrimiento es la roca del ateísmo. Job, sin embargo, no hubiera escrito lo mismo. Y esta es la diferencia. El creyente echa a Dios en falta, no el ateo. O mejor dicho, este puede encontrarlo a faltar en lo más íntimo. Pero no tardará en decirse a sí mismo que este sentimiento de orfandad solo tiene que ver con él, con los rasgos de una psicología enfermiza. En cambio, el creyente no solo percibe el no, sino también, y quizá sobre todo, un sí de fondo. Por un lado, existimos como los que fuimos abandonados. Pero también como aquellos a los que la vida les ha sido dada, aunque sea desde el horizonte de la desaparición de Dios. Asombro y escándalo conviven por igual en la conciencia creyente. De ahí la perplejidad de Job. Hay bien porque hay Dios. Pero al igual que hay mal porque hay Dios —porque el haber de Dios es un haber sido (y, por eso mismo, también un por-venir)—. Tanto el creyente como el ateo asumen la condición de arrancados. La diferencia pasa porque el primero permanece a la espera de un regreso —de un difícil reencuentro—, mientras que el segundo no espera otra cosa que un día (de) más. Para el creyente, en nombre del don —de una vida que se revela como milagro—, el verdugo no puede pronunciar la última palabra. Con el propósito de ilustrar esta distancia entre uno y otro supongamos que un niño hubiera sido abandonado por su madre, una madre que, sin embargo, hasta el momento le había dado muestras de un amor incondicional. Ciertamente, no entendería nada. Pero tampoco podría decir que nunca tuvo madre, salvo en un sentido figurado. Probablemente, nuestro niño esperaría el retorno de mamá, aun cuando con el paso del tiempo cada vez se le hiciera más arduo perseverar en su esperanza (y aun cuando ignore, en una primera instancia, que mamá no regresará —no puede regresar—como mamá, sino solo como hija de mamá). El creyente es ese niño. Y la Biblia un intento de cuadrar el círculo de la historia.

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